Trabajo y códigos
Historia 19 · Trabajo y códigos · Alta mar

Yo embarqué de enfermero, no de policía

De todas las peleas que Toti dio en sus cuarenta años de mar, ninguna lo retrata mejor que esta. No hubo temporal, no hubo naufragio, no hubo peligro de muerte. Hubo algo más cotidiano y, a su manera, igual de revelador: un capitán que quiso usarlo para lo que no era, y un Toti que no se dejó.

El barco era un pesquero de bandera argentina. Por eso tenía, en los papeles, un capitán argentino. Pero el que mandaba de verdad era el capitán de pesca, un español que en la lista de rol figuraba apenas como “técnico de pesca”. Todos le decían capitán, y su palabra pesaba incluso sobre la del capitán argentino, que —cuenta Toti— le era obsecuente, le bailaba el agua.

Las condiciones de los marineros eran duras. Trabajaban con ropa de agua —chaqueta, pantalón y botas de goma—, empapados todo el día de agua, pescado y tinta de calamar. Dormían de a seis en camarotes mínimos, con taquillas tan chicas que no entraba nada. Por pura falta de lugar, colgaban la ropa de agua afuera, en los pasamanos.

Un día el capitán argentino mandó llamar a Toti y le preguntó si había revisado los camarotes de los marineros y de la gente de máquinas. Toti contestó que no, y que no tenía por qué hacerlo: eso no era su trabajo ni le correspondía.

El capitán le dijo que ahí no importaba si le correspondía o no, que tenía que hacer lo que él ordenara. Y Toti, sin levantar la voz, le contestó que estaba equivocado. Que él tenía que cumplir con lo que decían el reglamento de pesca y el reglamento marítimo sobre las funciones del enfermero. Que si se salía de ese reglamento, el capitán podía advertirlo o sancionarlo —estaba en su derecho—, pero lo que no podía era exigirle tareas que no eran las suyas. Y entonces dijo la frase que resume su manera de entender el oficio:

«Yo no embarqué de policía. Embarqué de enfermero.»

El capitán insistió: que los marineros colgaban la ropa de agua afuera y eso daba mala imagen. Toti le propuso, tranquilo, una comparación. Le hizo notar que él, el capitán, tenía un camarote con dos camas —usaba la de arriba para apoyar el bolso—, dos percheros y una taquilla mucho más grande. Los marineros, en cambio, dormían apilados de a seis con taquillas diminutas. No había mala voluntad en colgar la ropa afuera: había falta de lugar. No había igualdad.

El capitán cortó por lo más fácil: dijo que él era el capitán y ellos, marineros. Toti le devolvió una pregunta incómoda: quiénes eran los que ponían el cuerpo para que el barco produjera. El capitán le pidió que le hablara con respeto. Y Toti —esto es puro Toti— le aclaró que no le estaba faltando el respeto: le estaba diciendo la verdad. Que si no quería escuchar la verdad, entonces que no lo llamara más.

El capitán quiso entonces marcarle la cancha de otra manera: le exigió que todas las mañanas, a las ocho en punto, le fuera a pasar el parte. Toti aceptó. Y al día siguiente, sencillamente, no fue.

No fue por capricho. Esa madrugada, a las cuatro, había estado atendiendo a un tripulante con la cara hinchada por un dolor de muela; le había puesto anestesia y se había quedado con él. Recién después se acostó. Cuando el capitán lo mandó a buscar, Toti hizo decir que no lo habían encontrado, y se puso a revisar los víveres y las fechas de vencimiento de la despensa: una tarea que sí era la suya, porque tenía que ver con la salud de la tripulación.

Cuando por fin se vieron, el capitán le reprochó la ausencia de las ocho. Toti le explicó lo de la madrugada y le devolvió la pregunta exacta: si a las tres o las cuatro de la mañana se le presentaba alguien enfermo, ¿tenía que mandarlo a esperar hasta las siete, porque recién entonces empezaba su horario? El capitán, fastidiado, le dijo que tenía respuesta para todo. Toti le contestó que tenía respuesta para todo lo que era de su trabajo.

Y le hizo ver el absurdo del parte de las ocho. Si de verdad lo quería, Toti tendría que ir cada mañana a informarle solemnemente que a uno le entró una basurita en el ojo, a otro una gota de tinta de calamar, a otro le dolió la panza. El capitán le preguntó si le estaba tomando el pelo. No, le dijo Toti: son cosas reales, y están todas anotadas en el libro de enfermería.

El capitán terminó echándolo de la conversación. Pero nunca más le exigió el parte de las ocho. Toti había vuelto a ganar, y había vuelto a ganar de la misma manera: sin gritar, sin faltar el respeto, parado firme sobre una sola idea —el trabajo de uno es el trabajo de uno, y la dignidad no se cuelga afuera con la ropa de agua—.

← Volver al índice de historias