
Esta es una de las historias más impresionantes de Toti, y arranca con una imagen que parece imposible: una montaña gris moviéndose en el mar.
Estaban pescando merluza negra en el extremo sur del mundo, sobre el paralelo 59, a unas sesenta millas de la Antártida. Toti lo aclara con cuidado, porque el dato importa: el paralelo 60 marca el límite de una zona protegida internacionalmente, donde la pesca está prohibida. Ellos estaban en el 59. Cerca del límite, pero del lado de afuera.
El escenario era de otro planeta. El barco —un pesquero de unos veinte metros— estaba rodeado de hielo. La cubierta tenía encima una capa de cinco centímetros de hielo, y los reflectores tenían que quedar prendidos las veinticuatro horas, porque si se apagaban se tapaban de nieve. Pescaban merluza negra con un espinel descomunal: siete kilómetros de línea, miles de anzuelos cebados con sardina, largados a mil metros de profundidad. Y la merluza negra que subía era enorme: de casi dos metros. Toti guarda una foto en la que está parado arriba de un cajón y, aun así, el pescado le pasa de altura.
Ese día habían largado el espinel cuando, de golpe, desde el puente dieron una orden tajante: que toda la tripulación entrara al interior del barco, al casillaje, ya.
Y acá Toti se ríe de sí mismo y de sus compañeros, porque hicieron exactamente lo contrario. Eran curiosos, dice, gente que hacía todo al revés: en lugar de meterse adentro, salieron todos a cubierta a mirar qué estaba pasando.
Lo que Toti vio entonces no tenía sentido. Una cosa gris, gigantesca, como una montaña, venía acercándose de costado. El cerebro no se lo explicaba: una montaña no puede moverse, una montaña no puede venir hacia un barco en mitad del mar. Hasta que, en el flanco de esa mole imposible, distinguió un número pintado.
38.
Y ahí entendió. No era una montaña. Era un barco. Pero un barco como Toti no había visto nunca: su pesquero medía veinte metros, y esta cosa medía doscientos o más. Era un destructor de guerra. Un destructor inglés.
El destructor se apartó un poco y la tripulación vio cómo, sobre la cubierta de guerra, ponían en marcha un helicóptero. Después llegó la comunicación por radio: les preguntaban, sin demasiada cortesía, qué estaban haciendo en esas aguas.
El capitán del pesquero tuvo el reflejo justo. No dijo la verdad —no dijo que estaban pescando—; dijo que estaban explorando. Los ingleses no se anduvieron con vueltas: les ordenaron retirarse de inmediato de esas aguas, consideradas internacionalmente prohibidas para la actividad comercial. Y Toti y los suyos se retiraron. Contra un destructor no se discute.
Pero la historia tiene una cola, y es una cola amarga. El capitán del pesquero no quería perder el espinel de siete kilómetros que había quedado largado en el fondo. Así que les pasó las coordenadas exactas a otro barco que pescaba del lado chileno —Toti recuerda un nombre parecido a Lorenzo— para que fuera a recuperarlo.
El otro barco fue. Y cuando estaba ahí, en esas aguas, levantando el espinel, los ingleses lo capturaron. Se lo llevaron a las Malvinas: el barco entero y su tripulación completa.
Toti lo cuenta y todavía se le nota el peso de esa idea: ellos zafaron de pura casualidad. Si hubieran tardado un poco más en largar el espinel, si el destructor los hubiera cruzado un día después, los que terminaban presos en Malvinas eran ellos. En el mar, a veces, la diferencia entre volver a casa y no volver es solo cuestión de minutos.