
Después de tantas historias de capitanes soberbios, de capitanes mediocres, de capitanes que dudaban y mandaban mal, es de justicia terminar este primer grupo con el otro lado. Porque a Toti también le tocaron capitanes buenos. Y hubo uno, sobre todos, al que recuerda con una admiración que no le regala a casi nadie.
Se apellidaba Delgado. Y la tripulación, que para los apodos no perdona, le había puesto el mejor de todos: le decían Maradona. Para Toti, sencillamente, era “el Maradona de los capitanes”. No hay elogio más alto en boca de un argentino.
¿Por qué Maradona? Primero, por lo más importante: por cómo se paraba frente al peligro. Delgado era, muy probablemente, aquel capitán de los nervios templados del temporal del Golfo de Vizcaya, el que tomó la durísima decisión de no desviarse hacia el portacontenedores mexicano que se hundía, y el que después pegó el barco a la costa africana para sobrevivir al ciclón. Un hombre que en plena tormenta, con un barco hundiéndose al lado, jamás perdía el control. De ese temple estaba hecho el respeto que Toti le tenía.
Pero había una segunda razón, y es la que vuelve a Delgado un personaje entrañable. Toti cuenta que los marinos, casi todos, trataban siempre de hacer su pequeño negocio: comprar algo en un puerto y venderlo en otro, para redondear unos pesos extra. A eso le decían el “bagallo”. La mayoría de los capitanes lo miraban con malos ojos: algunos hacían la vista gorda, y los más duros amenazaban con denunciar a los tripulantes o hacerlos echar de la compañía.
Delgado no. Delgado hacía lo contrario: organizaba el negocio él mismo.
Compraba, por ejemplo, cajones de vino en Chile a un precio y los vendía en Ecuador al doble. Mandaba avisar con un marinero que había un cargamento de vino de Chile rumbo a Ecuador, y el que quisiera sumarse pasaba por el comisario de a bordo, que se encargaba de organizarlo todo con prolijidad.
Lo notable —y lo que para Toti hacía de Delgado un gran capitán— era el efecto que eso tenía sobre el barco. Cuando la tripulación entera participaba del negocio, junto con los mandos, pasaba algo: quedaban todos en la misma. Nadie podía denunciar a nadie, porque todos estaban adentro. Y, sobre todo, nadie quedaba afuera. El de más arriba y el de más abajo se ganaban su parte. Toti lo resume sin culpa: todos hacían su diferencia y no se perjudicaba a nadie.
Donde otros capitanes usaban el bagallo para apretar, para tener material de chantaje o para marcar jerarquía, Delgado lo usaba para lo contrario: para incluir, para emparejar, para que la tripulación funcionara como una sola cosa. Un capitán mezquino divide. Delgado, con un cajón de vino, unía.
«Para mí, Delgado era el Maradona de los capitanes.»
En esa frase está todo lo que Toti valora en un hombre. Coraje sereno cuando el mar se pone bravo. Y la grandeza de no usar el poder para humillar al de abajo, sino para llevarlo a uno parejo. Delgado tenía las dos cosas, y por eso se ganó el apodo más grande y el respeto de un tripulante al que el respeto había que ganárselo de verdad.
Así termina este primer grupo de veinte historias: no con un temporal ni con un naufragio, sino con un homenaje. Con Toti acordándose, todavía hoy, de un capitán que le enseñó que se puede mandar bien. Y quedan muchas historias más, esperando su turno, en este largo viaje de cuarenta años a flote.