Catorce tangos, catorce historias

El Disco

Tangos de mar, puerto y memoria.

Tapa del disco Cuarenta Años a Flote
El álbum

Cuarenta Años a Flote

Catorce tangos compuestos por su hijo, inspirados en la vida y los viajes de Toti. Cada uno nace de una historia real: el accidente que lo volvió enfermero, el maletín de Singapur, los temporales, los capitanes, el destructor en los hielos del sur.

Por ahora suena El Tango de Toti. Los demás esperan su grabación; mientras tanto, quedan las letras —desplegá cada tango para leerlas.

Lista de tangos

Las catorce canciones

En el ‘45, Ballester de madrugada,nació un pibe serio, de mirada sin igual.Hijo de Güerino, corazón de vieja pala,y de Doña Celia, libro abierto y temporal.Lo llamaban José, como manda la libreta,pero el barrio es vivo y no perdona al bautizar:se quedó pa’ siempre en diminutivo en broma,Toti para todos, Toti y nada más.
Ay, Toti, viejo lobo de agua y ciudad,en cada puerto dejaste un tango y un compás.En cada guardia pusiste el cuerpo de verdad,en cada vida dejaste un poco más.Ay, Toti, enfermero, pirata y soñador,recorriste siete mares buscando algún color.Hoy tu velero descansa en un sillón,pero en tu memoria sigue de viaje el corazón.
De pibe descubrió que la garganta canta,que el vino entre amigos cura penas de arrabal.Que un arma en la mano a veces da coraje,y en los campos de caza se aprendía a respirar.Liebres en la noche, jabalí en la distancia,el padre a su lado, mate y luna de testigo.Y entre tiro y cuento, entre risa y esperanza,la vida le enseñaba a no dejarse vencido.
Un día de verano, esquina y muchachada,un grupo de chicas esperando en la pared.“¿Qué estarán haciendo?”, preguntó con esa caradel que entra en cada historia sin pensar en el después.Eran estudiantes de noble enfermería,y Toti, entre bromas, se anotó por diversión.Pero en cada clase le prendió una llamarada:descubrió en la medicina su verdadero amor.
Ay, Toti, viejo lobo de agua y ciudad,en cada puerto dejaste un tango y un compás.En cada guardia pusiste el cuerpo de verdad,en cada vida dejaste un poco más.Ay, Toti, enfermero, pirata y soñador,recorriste siete mares buscando algún color.Hoy tu velero descansa en un sillón,pero en tu memoria sigue de viaje el corazón.
Se hizo rey de guardias, bisturí y madrugada,viendo entrar y salir mil historias sin final.Y cuando el destino le silbó desde la rada,subió a un barco inmenso con alma de coral.Veintisiete abriles, un bolsito y mil corajes,partió del Buenos Aires a los mares del reloj.Enfermero en cubierta, marinero por oficio,cuando el mundo era más grande que este mundo de hoy.
Colombia en la noche, mariachis en México,cervezas en Alemania, vermut en Barcelona.Dubai cuando era arena, sin vidriera ni espejitos,y en Singapur el puerto olía a cuento y caracola.Australia en la tarde, horizonte a contraluz,cartas sobre el fierro, ajedrez hasta el amanecer.Tantas aventuras que el tango no se animaa contarlas todas sin volverse a enrojecer.
Ay, Toti, viejo lobo de agua y ciudad,en cada puerto dejaste un tango y un compás.En cada guardia pusiste el cuerpo de verdad,en cada vida dejaste un poco más.Ay, Toti, enfermero, pirata y soñador,recorriste siete mares buscando algún color.Hoy tu velero descansa en un sillón,pero en tu memoria sigue de viaje el corazón.
Nunca abandonaste tu alma de comerciante,siempre algún negocio se escondía en el baúl.Entre sueros, vendas, puertos y mareas,un trato, una sonrisa, y el destino andando azul.Sur de la Argentina, viento helado en la cubierta,Malvinas a lo lejos, Antártida en la voz.El mar pegando duro, la escarcha en la baranda,y Toti firme al mando de su propio corazón.
Cuarenta años largos navegando cada historia,del muelle al camarote, del silbato al resplandor.Hasta que un buen día dijo “basta, ya es la horade volver a casa, al sillón y al ventilador”.Hoy cuida sus libros como antes a sus pacientes,baraja los recuerdos como un mazo de ilusión.Mira por la ventana y en cada nube sienteque todavía navega en algún viejo rincón.
Y yo, que soy su sangre, le canto este relato,para que cuando suene se le llene el pecho a flor.Porque vivió la vida como un tipo de los de antes,gastando hasta el alma, sin guardarse lo mejor.
Ay, Toti, viejo lobo de agua y ciudad,en cada puerto dejaste un tango y un compás.En cada guardia pusiste el cuerpo de verdad,en cada vida dejaste un poco más.Ay, Toti, enfermero, pirata y explorador,si mirás pa’ atrás, viejo, sobraron razón y honor.Hoy este tango te abraza en mi canción,para que sepas siempre lo orgulloso que estoy yo.

Audio próximamente. Por ahora, la letra.

Antes del barco, la rada, la guardia y la espuma,Toti era un pibe de barrio con alma de comprar;cargaba azúcar pesada, cajones como castigo,y aprendía en la vereda que la vida es negociar.Tenía calle en los ojos, picardía en la sonrisa,esa forma de plantarse sin pedir autorización;si había que ganarse el mango, se inventaba la salida,porque el hambre no pregunta y el trabajo no da perdón.
Una noche de Italpark, madrugada y muchachada,el bondi venía lleno, no cabía ni un alfiler;colgado sobre el estribo, como tantos de esa época,un árbol dobló la historia sin dejarlo responder.Fue el golpe contra el hierro, fue la corteza en la herida,fue el brazo abierto en la noche y la juventud al azar;Cruz Roja de apuro primero, después cama de hospital,y un codo partido diciendo: “Por acá vas a cambiar.”
Ay, de baldes y fracturas, de muchacho y arrabal,se fue armando aquel enfermero que después cruzó la mar.Ay, de golpes y aventuras, de dolor y voluntad,a veces lo que te parte la vida te la vuelve a enderezar.Ay, de baldes y fracturas, qué manera de empezar,sin saber que una desgracia le abría puerta al altamar;porque Toti, cuando el mundo le pegaba sin avisar,se limpiaba la camisa y volvía otra vez a andar.
Un año el brazo fue sombra, no quiso bolsa ni carga,y el pibe cambió el mayorista por la calle y el cartón;vendía baldes de plástico, tachos, cuotas y promesas,puerta a puerta, mano a mano, con oficio de mostrador.Media cuadra de la Cruz Roja, la suerte guiñó de costado:un montón de muchachas, un misterio en la pared.“Vamos a ver qué se cuece”, dijo Toti entre risas,y entró buscando una broma sin pensar en el después.
Pero hablaron los doctores, y algo adentro se hizo serio;el que iba por las muchachas se quedó para escuchar.El amigo hacía chistes, no quería abrir los libros,y Toti, firme en el banco, lo mandaba a respetar.A los tres meses al otro lo rajaron de la fila,pero Toti siguió entrando con más hambre de aprender;de día vendía baldes, de noche curaba sueños,y sin decirse valiente se empezaba a sostener.
Ay, de baldes y fracturas, de muchacho y arrabal,se fue armando aquel enfermero que después cruzó la mar.Ay, de golpes y aventuras, de dolor y voluntad,a veces lo que te parte la vida te la vuelve a enderezar.Ay, de baldes y fracturas, qué manera de empezar,sin saber que una desgracia le abría puerta al altamar;porque Toti, cuando el mundo le pegaba sin avisar,se limpiaba la camisa y volvía otra vez a andar.
No fue cuento de destino escrito en letras doradas,ni promesa de novela, ni discurso de doctor;fue un pibe con el brazo malherido y la mirada despierta,que encontró entre vendas blancas otra forma de valor.Y aquel diploma en la Cruz Roja, sin alarde ni fanfarria,fue la prueba silenciosa de que no nació pa’ aflojar;aunque después ni lo buscara, aunque quedara en un cajón,ese papel lo esperaba cuando lo llamara el mar.
Por eso si hoy se lo escucha contar todo entre cafés,como si fuera una esquina, una pavada, un tropezón,uno entiende que hay heridas que no vienen a hundirte:vienen a cambiarte el rumbo y a templarte el corazón.Ay, de baldes y fracturas, Toti lindo, qué verdad,si el árbol no te partía, quién sabe dónde andarías hoy quizás;pero el golpe abrió una puerta, la Cruz Roja fue señal,y aquel pibe que vendía baldes terminó curando hombres en altamar.

Audio próximamente. Por ahora, la letra.

En el setenta y tres, cansado ya del frío,de carbón, viento sur y puerto gris,le dijo al sindicato, con bronca contenida:“Mandame donde quieras, pero al sur no voy a ir.”
El delegado, viejo zorro de escritorio,lo miró con media risa y sin temblar:“Te mando a un lado, pibe, pero después no llores,que hay destinos que no son para cualquiera aguantar.”
Y así salió José, con pinta de hombre serio,con un traje prestado de valor,un maletín flamante, comprado pa’ hacerse fino,y adentro historietas, sueños y algo de temor.
No era un diplomático, no era ningún señor,era Toti de Ballester, buscándole la vuelta al sol.
Ay, maletín de Singapur,compañero de un muchacho sin patrón,con historietas y coraje,con dos mangos y un destino de vapor.Ay, maletín de Singapur,quién diría, entre escalas y calor,que ese pibe que viajaba medio en bromaiba a hacerse viejo lobo de altamar y corazón.
Río de Janeiro le guiñó desde la pista,Lisboa fue una sombra en el cristal,Beirut sonó a novela, Frankfurt a mundo ajeno,y Londres fue una niebla difícil de explicar.
París quedó de paso, Yakarta en la memoria,el cielo daba vueltas sin parar,y él cuidaba aquel maletín como quien cuidala última prueba de que puede aparentar.
Porque el mundo era más grande que sus ojos,más grande que el barrio, la esquina y el café,pero Toti iba sentado, calladito y bien despierto,como quien dice: “Ya veremos qué hay que hacer.”
No era un turista, no iba a pasear,iba a ganarse el pan donde termina el mar.
Ay, maletín de Singapur,compañero de un muchacho sin patrón,con historietas y coraje,con dos mangos y un destino de vapor.Ay, maletín de Singapur,quién diría, entre escalas y calor,que ese pibe que viajaba medio en bromaiba a hacerse viejo lobo de altamar y corazón.
Pero al llegar al barco se cayó la fantasía:ni lujo, ni postal, ni capitán.Ratas por los rincones, cucarachas en la sombra,sábanas hechas trapo y agua sucia en el pasillo.
No andaban las heladeras, ni el aire, ni el decoro,no había ni dignidad para zarpar.Y Toti vio en silencio que ese monstruo oxidadopedía más coraje que cualquier temporal.
La empresa prometía, el capitán apuraba,pero la tripulación dijo: “Así no va.”Cuatro fueron al frente, porque cinco era motín,y en puerto se plantaron sin moverse de lugar.
No era rebeldía por querer pelear,era saber que un hombre también debe descansar.
Ay, maletín de Singapur,ya no eras sólo pinta ni actuación,eras testigo de un pibe de barrioaprendiendo los códigos del honor.Ay, maletín de Singapur,entre ratas, salitre y decisión,veintiocho días ganó la gente a bordohasta que el barco tuvo forma de embarcación.
Y cuando al fin zarparon con el fierro recompuesto,Australia abrió sus muelles al calor,veintitrés mil ovejas balando contra el viento,y el Golfo Pérsico esperando bajo el sol.
Irán, Bahréin, desierto, alfalfa y madrugada,el mundo era una rueda sin final,y aquel muchacho serio, de maletín y cuento,ya no era el mismo que salió del arrabal.
Porque hay viajes que no llevan solamentede un puerto a otro puerto, de un mapa a otro color:hay viajes que te arrancan de la vida conociday te bautizan hombre sin pedirte autorización.
No era un diplomático, no era ningún señor,era Toti haciendo patria con oficio y corazón.
Ay, maletín de Singapur,compañero de un muchacho sin patrón,con historietas y coraje,con dos mangos y un destino de vapor.Ay, maletín de Singapur,quién diría, entre escalas y calor,que ese pibe que viajaba medio en bromaiba a hacerse viejo lobo de altamar y corazón.
Hoy duerme aquel maletín, quizá perdido en la memoria,pero el viaje todavía sigue ahí:un pibe de Ballester cruzando medio mundo,con miedo bien guardado y ganas de vivir.
Y si en alguna noche le preguntan las estrellascómo empieza una leyenda de arrabal,que digan: “Fue con un bolso, unas revistas,y un enfermero guapo rumbo a Singapur sin mirar atrás.”
Ay, maletín de Singapur,reliquia de una vida sin telón,guardaste historietas, pero abriste una novelaque ni el mar entero todavía terminó.

Audio próximamente. Por ahora, la letra.

No se me perdió el comerciante, decía Toti al recordar,con media risa en la boca y un brillo pillo al mirar.Porque una cosa era la guardia, la fiebre y la curación,y otra muy distinta el puerto, la compra, la venta y la ocasión.Donde alguno veía muelles, él veía oportunidad,un cajón que entraba barato y salía caro al zarpar.Y así, entre vendas y mareas, entre baraja y mostrador,Toti iba haciendo la vida con alma de comprador.
De puerto en puerto, de mano en mano,un bagallo iba cruzando el mar,con un guiño de compadre, con paso liviano,y la aduana revisando sin poderlo encontrar.De puerto en puerto, qué lindo asunto,comprar barato, vender mejor;si el mundo entero era un mostrador flotante,Toti era enfermero… pero también vendedor.
En Dubái pedía whisky, electrónica y transistor,un estéreo para el auto, calculadora y algún reloj.El Johnnie Walker brillaba con etiqueta de señor,y en otro puerto valía como si fuera de oro y sol.En Australia los aduaneros subían serios a revisar,miraban hasta las sombras, la cocina y el comedor.Pero el barco era un misterio de fierro, sal y oscuridad,y cuando al fin se bajaban, empezaba la función.
De puerto en puerto, de mano en mano,un bagallo iba cruzando el mar,con un guiño de compadre, con paso liviano,y la aduana revisando sin poderlo encontrar.De puerto en puerto, qué lindo asunto,comprar barato, vender mejor;si el mundo entero era un mostrador flotante,Toti era enfermero… pero también vendedor.
Un italiano en Australia le compraba sin chistar,algún queso, alguna radio, algún frasco pa’ brindar.Y en Chile, vino en cajones; en Colombia, jabón fino;todo tenía otro precio si cambiaba de destino.En cada escala una historia, en cada historia un mostrador,en cada mesa una risa, una partida y un cantor.Porque después de la faena, si el puerto abría su portal,los muchachos se vestían y salían a caminar.
No era santo de estampita, ni doctor de pedestal,era un criollo de los vivos, pero vivo de verdad.Si la limosna era grande, desconfiaba sin dudar,porque en la calle y en el barco nadie enseña sin cobrar.Y si alguno prometía pagar todo “después de vender”,Toti ya olía la trampa antes de verla aparecer:“La plata primero, muchachos, no me vengan a engrupir,que yo nací en Ballester, no nací para dormir.”
De puerto en puerto, de mano en mano,un bagallo iba cruzando el mar,con un guiño de compadre, con paso liviano,y la aduana revisando sin poderlo encontrar.De puerto en puerto, qué lindo asunto,comprar barato, vender mejor;si el mundo entero era un mostrador flotante,Toti era enfermero… pero también vendedor.
A veces cantaba un tango, a veces truco y ajedrez,a veces leía en silencio, a veces salía a beber.El puerto era una promesa con luces de tentación,y él la caminaba entero, con olfato y corazón.No andaba buscando gloria, ni corona, ni perdón;buscaba que en cada viaje cerrara bien la ecuación.Un poco para la mesa, un poco para vivir,un poco porque la vida también se vino a reír.
Hoy lo cuenta con picardía, sin careta y sin temblor,como quien dice: “Muchacho, así era el mundo anterior.”Y si el tango se hace risa, compadrito y rezongón,es porque Toti en los puertos también fue rey del mostrador.
De puerto en puerto, de mano en mano,un bagallo iba cruzando el mar;con Toti nunca era suerte solamente,era calle, era olfato y saber negociar.De puerto en puerto, viejo comerciante,enfermero, cantor y jugador;si el barco llevaba carga en la bodega,Toti llevaba un negocio en el corazón.

Audio próximamente. Por ahora, la letra.

Cuando el barco iba derecho, sin incendio ni tormenta,y la noche se estiraba como soga de amarrar,la camareta era un mundo de humo, cartas y cuentos,un boliche sin vereda, navegando en altamar.Uno mezclaba la baraja con oficio de tahúr,otro cantaba bajito pa’ matar la soledad,y Toti, con media risa, relojeaba la partida,porque en truco y en negocio nunca hay que pestañear.
Al ajedrez se jugaba con silencio de velorio,pero siempre algún gracioso lo venía a interrumpir:“Mové el caballo, maestro, que se nos hunde el tablero,y a este paso llega viejo hasta el puerto de Brasil.”Cada cual tenía apodo, porque el barco bautizaba:el Flaco, el Ruso, el Gallego, el Petiso y el Cabezón.Y al que subía muy serio, con perfume de importante,a los dos días le encontraban su desgracia y su canción.
Ay, camareta querida, qué manera de aguantar,entre cartas, mate amargo, chistes malos y amistad.Si la noche era muy larga, si mordía la ansiedad,siempre había algún compadre con ganas de molestar.Ay, camareta querida, conventillo de altamar,donde un guapo se reía pa’ no ponerse a extrañar.Porque el barco era de fierro, pero adentro, corazón,se templaban los hermanos entre risa y bandoneón.
Había broncas, como en toda familia de cubierta,dos palabras mal tiradas, algún grito en el comedor.Que uno no lavó la taza, que otro hizo trampa en el truco,que el de máquinas roncaba como un viejo motor.Pero después, si en un puerto se torcía la madrugada,si algún vivo de otra tierra los quería prepotear,se acababan las peleítas, las cargadas y las cuentas,porque afuera eran un bloque, todos juntos a bancar.
El que ayer te había insultado por perderle una partida,hoy te abría paso en la calle si venía algún malandrín.Y el que te escondió los zapatos por hacerte alguna broma,se ponía al lado tuyo si pintaba algún confín.Así eran esos muchachos, medio brutos, medio buenos,con un chiste en cada guardia y una pena sin mostrar.No decían “yo te quiero”, porque así no habla el marino,pero estaban cuando había que estar.
Ay, camareta querida, qué manera de aguantar,entre cartas, mate amargo, chistes malos y amistad.Si la noche era muy larga, si mordía la ansiedad,siempre había algún compadre con ganas de molestar.Ay, camareta querida, conventillo de altamar,donde un guapo se reía pa’ no ponerse a extrañar.Porque el barco era de fierro, pero adentro, corazón,se templaban los hermanos entre risa y bandoneón.
Y si alguno se dormía, pobre santo, estaba frito:le cambiaban la frazada, le escondían el pantalón.Le dejaban una nota con insulto cariñoso,o le inventaban romance con la radio del timón.Toti se reía fuerte, con esa risa de puerto,de quien sabe que la vida no se puede desperdiciar.Porque después venía el frío, la guardia, el golpe, la fiebre,y más valía reírse cuando tocaba descansar.
En los puertos se bajaban con camisa y con coraje,a mirar vidrieras raras, a caminar otra ciudad.Uno buscaba una cantina, otro un bar, otro un negocio,y Toti ya preguntaba qué se podía comprar.Después volvían de madrugada, con historias imposibles,con olor a mundo ajeno, vino, risa y humedad.Y aunque alguno exageraba tres peleas y dos amores,nadie le quitaba el gusto de poderlas inventar.
Ay, camareta querida, qué manera de aguantar,entre cartas, mate amargo, chistes malos y amistad.Si la noche era muy larga, si mordía la ansiedad,siempre había algún compadre con ganas de molestar.Ay, camareta querida, viejo reino de altamar,donde el bravo se hacía niño cuando podía descansar.Y si hoy Toti los recuerda con sonrisa y emoción,es que a bordo se hacen hermanos sin pedir explicación.
Queda el eco de una risa navegando en la madera,queda un truco no cobrado, queda un jaque sin final.Quedan nombres y apodos que ya son pura leyenda,y una mesa de marinos que no se hunde nunca más.

Audio próximamente. Por ahora, la letra.

En un pesquero del sur, con olor a hielo y cansancio,la gente dejaba el cuerpo contra el frío y el metal;dieciocho horas de faena, seis apenas de descanso,y todavía algún de arriba pretendía controlar.Los muchachos de cubierta, con la ropa siempre empapada,colgaban agua y salitre donde se podía colgar;seis dormían por camarote, con taquillas apretadas,mientras otros desde arriba hablaban de prolijidad.
Lo mandaron a llamar, como quien llama a un empleado,el capitán argentino, con su tono de mandar:“Dígame, usted, enfermero, ¿revisó ya los camarotes?¿Vio la ropa en los pasillos? ¿Vio qué imagen va a quedar?”Toti lo miró tranquilo, sin bajar nunca la frente,con esa calma filosa del que sabe contestar:“Capitán, me parece que usted confunde los papeles;yo no vine a hacer de guardia ni a vigilar a los demás.”
Yo embarqué de enfermero, no de policía,con vendas, con oficio, con coraje y dignidad;si un hombre cae enfermo, yo le cuido la vida,pero no me use de palo contra el que viene a laburar.Yo embarqué de enfermero, no de policía,no me mande a hacer lo que no corresponde hacer;que el rango no hace grande al que se olvidaque abajo hay hombres de carne, con frío, sueño y sed.
“Pero mire la cubierta, mire toda esa mugre afuera,esa ropa de agua colgada no se puede tolerar.”Y Toti, sin una puteada, pero con verdad entera,le fue marcando la cancha sin tener que levantar.“Usted tiene dos camas, dos percheros y una taquilla;su bolso duerme cómodo donde otro no puede entrar.Ellos viven de a seis, capitán, con el agua en las costillas,y después de poner el cuerpo, ¿dónde quiere que hagan secar?”
“No me hable en ese tono”, dijo el mando, ya golpeado,porque a veces la verdad suena más fuerte que un cañón.Y Toti le contestó, con respeto bien plantado:“Yo no le falto el respeto, le estoy diciendo razón.”“Si no quiere que le diga lo que pasa en este barco,no me llame para verme ni me pida explicación;pero si me llama, escuche, que no soy de los que adornan,yo no vine a quedar bien, vine a cumplir mi función.”
Yo embarqué de enfermero, no de policía,con vendas, con oficio, con coraje y dignidad;si un hombre cae enfermo, yo le cuido la vida,pero no me use de palo contra el que viene a laburar.Yo embarqué de enfermero, no de policía,no me mande a hacer lo que no corresponde hacer;que el rango no hace grande al que se olvidaque abajo hay hombres de carne, con frío, sueño y sed.
Al otro día temprano lo querían a las ocho,con el parte bajo el brazo, puntualito y militar;pero a las cuatro hubo un hombre con la cara hecha tormenta,dolor de muela bravo, de esos que hacen transpirar.Y Toti estuvo atendiendo, porque así era su guardia,no de horario dibujado, sino de necesidad;si el dolor toca la puerta en la mitad de la noche,no se le dice: “Vuelva luego, que ahora quiero descansar.”
Cuando el capitán lo encaró por no ir con el parte diario,Toti le dio una respuesta difícil de refutar:“Si quiere, de ahora en más, cuando alguno venga sangrando,le digo que por su orden vuelva a las siete nomás.”Después se fue a la despensa, con mirada de enfermero,a revisar los víveres, vencimiento y condición;porque ahí sí estaba su oficio, cuidando a los compañeros,que también se enferma el hombre por comer sin protección.
El capitán quedó mudo, con la bronca entre los dientes,porque hay tipos que no doblan ni con cargo ni presión;Toti no era de gritar, pero cuando estaba enfrente,te dejaba bien clarito dónde empieza su honor.No era rebelde de teatro, ni buscaba armar pelea,era un hombre que sabía lo que valía su lugar;y en un barco donde algunos confundían mando con soberbia,él plantó una frase simple que todavía puede cantar.
Yo embarqué de enfermero, no de policía,con vendas, con oficio, con coraje y dignidad;si un hombre cae enfermo, yo le cuido la vida,pero no me use de palo contra el que viene a laburar.Yo embarqué de enfermero, no de policía,viejo Toti, qué manera de enseñar;que el que sabe quién es no se arrodilla,ni aunque el puente lo quiera hacer callar.Yo embarqué de enfermero, no de policía,y esa frase quedó firme en altamar;porque a veces un hombre salva vidastambién cuando se anima a contestar.

Audio próximamente. Por ahora, la letra.

Con guardapolvo de sal y madrugada,con un maletín de vendas y alcohol,iba Toti por la noche embarcada,cuidando hombres donde no llega Dios.No había médico al lado ni consuelo,ni ambulancia esperando en el portal,sólo un buque cabeceando contra el cielo,y una radio peleando con el mar.
Un marinero caía en la cubierta,otro en máquinas pedía compasión,y entre fiebre, vómito y puerta abierta,Toti escuchaba el pulso y la razón.No era santo, ni doctor de consultorio,era enfermero de oficio y corazón,con dos libros, mucha calle y territorio,y una guardia clavada en la oración.
En cuarenta años no se me murió ninguno,lo dice bajo, sin quererlo agrandar,pero al que sabe lo que pesa cada turno,esa frase le hace el pecho lagrimear.En cuarenta años no se me murió ninguno,ni en la fiebre, ni en la herida, ni el ciclón,y aunque el viejo no se vista de héroe alguno,hay medallas que se llevan sin cordón.
Tres apéndices gritaron en silencio,por Australia, por Yakarta y altamar,y el capitán, con su cara de mal tiempo,no quería ni pensar en desviar.“Capitán, yo no discuto por capricho,pero esto hay que bajarlo y operar.Si me equivoco, que me juzgue quien corresponda,pero yo lo voy a dejar firmado acá.”
Libro foliado, tinta negra, pulso firme,cada línea pesaba como un juez.Y al de arriba, que dudaba por no irse,se le aflojaba el mando de una vez.Consulta por radio, voz de tierra,“desembarquen urgente al tripulante”.Y el barco, aunque rezongue y aunque muerda,tuvo que virar su rumbo hacia adelante.
En cuarenta años no se me murió ninguno,lo dice bajo, sin quererlo agrandar,pero al que sabe lo que pesa cada turno,esa frase le hace el pecho lagrimear.En cuarenta años no se me murió ninguno,ni en la fiebre, ni en la herida, ni el ciclón,y aunque el viejo no se vista de héroe alguno,hay medallas que se llevan sin cordón.
No era orgullo de gritarlo en la cantina,ni de hacerse monumento en un café.Era orgullo de mirar la propia viday saber que hizo lo que había que hacer.Era orgullo del humilde, del callado,del que cura sin pedir explicación,del que duerme con un ojo levantadopor si alguno se le cae del corazón.
Hubo fiebre con olor a hierro viejo,hubo sangre, hubo miedo y malhumor,hubo heridas que cerraban con consejo,y otras que abría la vida sin perdón.Y en la noche, cuando el barco se dormía,cuando el viento parecía preguntar,Toti andaba con su guardia todavía,por si un hombre lo tenía que llamar.
Una bolsa de hielo sobre el costado,dieta líquida, silencio y observar,la mirada de un enfermo preocupado,y ese oficio de no dejarlo pasar.Porque a bordo no hay segunda tentativa,no hay esquina, no hay hospital a dos pasos;hay que ver antes que explote la deriva,hay que estar antes que tiemblen los abrazos.
En cuarenta años no se me murió ninguno,lo dice bajo, sin quererlo agrandar,pero al que sabe lo que pesa cada turno,esa frase le hace el pecho lagrimear.En cuarenta años no se me murió ninguno,ni en la fiebre, ni en la herida, ni el ciclón,y aunque el viejo no se vista de héroe alguno,hay medallas que se llevan sin cordón.
Después volvió cada hombre a su camino,a su puerto, a su mesa, a su mujer.Y quizás nunca supieron que el destinotuvo a Toti sujetándolo de pie.Él no pide ni corona ni homenaje,ni que el mundo lo venga a saludar;pero hay nombres que se quedan en un viajeporque un día no los dejaron naufragar.
En cuarenta años no se me murió ninguno,viejo lobo de guardia y altamar,lo decís como quien cuenta un desayuno,pero yo sé lo que cuesta no fallar.En cuarenta años no se me murió ninguno,y ese tango te lo vengo a regalar,porque un hombre que cuidó la vida de tantostambién merece que lo cuiden al cantar.

Audio próximamente. Por ahora, la letra.

En la panza de un barco, lejos de tierra,donde el mar no perdona ni sabe esperar,un hombre doblado de fiebre y de penamiraba a Toti sin poder hablar.No había doctor ni sala brillante,ni puerta de guardia, ni luz de hospital;tan sólo una radio, un capitán distantey un buque queriendo seguir y avanzar.
Pero Toti miraba despacio,con oficio, con calle y razón;cuando un cuerpo gritaba bajito,él sabía escucharle el dolor.
Y abrió su libro de enfermería,con tinta firme lo fue a marcar:“Yo ya cumplí con lo que debía,ahora decida, mi capitán.”Y abrió su libro de enfermería,papel foliado contra el poder;cuando la vida queda en la vía,un hombre entero se hace valer.
“Será un gas”, dijo alguno en cubierta,“no pare el barco por una impresión”.Pero Toti, con voz bien despierta,ya conocía esa mala señal.Lengua blanca, la fiebre escondida,vientre duro, mirada sin paz;y en el punto donde duele la vida,la muerte empezaba a querer conversar.
No era bronca ni terquedad,no era orgullo ni discusión;era un hombre cuidando a otro hombreen el medio de la inmensidad.
Y abrió su libro de enfermería,con tinta firme lo fue a marcar:“Yo ya cumplí con lo que debía,ahora decida, mi capitán.”Y abrió su libro de enfermería,papel foliado contra el poder;cuando la vida queda en la vía,un hombre entero se hace valer.
“Si me equivoco, que me lo digan,que me juzguen al regresar;pero si callo y se nos termina,¿quién se lo explica después al mar?”La radio habló desde tierra firme,como sentencia sobre el dial:“Desembarquen urgente a ese hombre,no hay más tiempo para esperar.”
Y el capitán, que apuraba el destino,tragó silencio, bronca y vapor.El barco torció su camino,y en puerto aquel hombre se salvó.Después vendrían frascos con prueba,apéndices, pus y verdad;pero esa noche alcanzó una lapicerapara poner cada cosa en su lugar.
Y abrió su libro de enfermería,con tinta firme lo fue a marcar:“Yo ya cumplí con lo que debía,ahora decida, mi capitán.”Y abrió su libro de enfermería,viejo coraje de altamar;porque hay papeles que no son papeles,son salvavidas para pelear.Y aunque lo cuente bajito un día,con café, sonrisa y humildad,en cada línea de aquel viejo libroToti dejó vidas sin naufragar.

Audio próximamente. Por ahora, la letra.

Hay capitanes que mandan con gritos y con galones,que confunden el coraje con hacerse respetar;pero hay otros que, en silencio, cuando crujen los mamparos,te demuestran en el puente lo que vale navegar.Delgado era de esos hombres que no gastan la palabra,con la vista siempre firme y el pulso sin apurar;cuando el mar se pone bravo y la suerte se hace flaca,más que hablar como un valiente, hay que saber aguantar.
Le decían Maradona, no por cancha ni gambeta,sino porque con un buque también se puede jugar;lo llevaba entre las olas con muñeca marinera,como quien pisa la raya sin dejarse doblegar.Toti lo vio muchas veces, desde guardias y cubierta,con ese respeto hondo que no se compra al pasar;porque a bordo se conoce quién es hombre de tormenta,y quién tiembla cuando el agua se empieza a levantar.
Era el Maradona de los capitanes,dueño del puente, señor del temporal;con el cielo hecho pedazos sobre el barco,mantenía la mirada en su lugar.Era el Maradona de los capitanes,no hacía falta verlo fanfarronear;cuando todos se agarraban del silencio,él sabía por dónde había que pasar.
En Vizcaya fueron siete, siete noches sin clemencia,siete días con el buque peleando por respirar;y allá cerca, entre la espuma, un mexicano pedía auxilio,más grande que el de ellos, pero a punto de quebrar.La radio traía angustia, sal y voces malheridas,y en el pecho de los hombres algo quiso preguntar;pero el puente no perdona ni permite fantasías,cuando un giro mal pensado te puede hacer naufragar.
Delgado miró la noche, calculó como los bravos,sin soberbia, sin teatro, sin mentirse por piedad:“Yo lo lamento por ellos, pero si cambio esta maniobra,nos hundimos todos juntos y no salvo a nadie más.”Eso no lo dice un flojo, ni lo dice un despiadado,lo dice quien carga vidas cuando empieza el vendaval;hay decisiones del mando que te siguen muchos años,aunque nadie las escriba en ningún diario naval.
Era el Maradona de los capitanes,dueño del puente, señor del temporal;con el cielo hecho pedazos sobre el barco,mantenía la mirada en su lugar.Era el Maradona de los capitanes,no hacía falta verlo fanfarronear;cuando todos se agarraban del silencio,él sabía por dónde había que pasar.
No era de esos que se agrandan cuando el agua viene mansa,ni de esos que hacen discursos pa’ tapar inseguridad;era temple, era experiencia, era oficio en la mirada,era un hombre en la tormenta sabiendo qué no arriesgar.Y Toti, que vio de todo, que no compra cualquier cuento,que distingue al charlatán del que sabe de verdad,cuando nombra a aquel Delgado se le afirma hasta el recuerdo:“Ese tipo, te lo digo, nos salvó en medio del mar.”
Después vino Gibraltar, con arena del Sahara,y otra vez el viejo buque se tuvo que acomodar;pero ya traían de Vizcaya la confianza bien ganadade tener a un capitán que no se iba a desarmar.Porque a bordo no hay laureles, no hay aplauso ni tribuna,no hay banderas flameando cuando pasa el temporal;hay apenas unos hombres que se miran y respiran,porque saben que esa noche alguien los supo cuidar.
Era el Maradona de los capitanes,viejo Delgado, muñeca de altamar;no pateaba una pelota sobre el césped,pero al buque lo sabía gambetear.Era el Maradona de los capitanes,de esos nombres que se guardan sin gritar;si hoy Toti lo recuerda con respeto,es que algo grande supo demostrar.Era el Maradona de los capitanes,y este tango lo saluda al navegar;porque hay hombres que no salen en los diarios,pero viven en los que lograron regresar.

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De Francia rumbo a España era un cruce de costumbre,un día y medio de agua, de guardia y de compás;pero el Golfo de Vizcaya se levantó como un malevo,y cerró sobre los hierros su mandíbula de sal.El cielo bajó de golpe con la cara ennegrecida,la proa cortó la noche como un cuchillo al avanzar;siete días con sus noches, sin descanso ni respiro,y el barco entero crujiendo como si fuera a reventar.
Toti iba mirando todo, sin hacer teatro barato,con esa calma de barrio que no necesita hablar;porque el hombre que ha navegado sabe cuándo hay que callarse,cuando el mar muestra los dientes y te empieza a examinar.No había truco ni guitarra, ni cargadas en la mesa,ni cantor que en ese ruido se animara a levantar;sólo platos que bailaban, fierros viejos que gemían,y algún nombre de familia dando vueltas por detrás.
Ay, Vizcaya, vieja bruja, boca negra del final,siete días con sus noches te quisiste hacer pagar.Ay, Vizcaya, mar oscuro, no me vengas a contar,que hasta el bravo aprende en serio cuando te oye respirar.Ay, Vizcaya, siete días, siete noches sin piedad,con Delgado allá en el puente sin dejarse doblegar;y Toti, firme y callado, con los dientes al apretar,aguantando como aguantan los que saben regresar.
Cerca de ellos, entre espuma, un barco mexicanopedía auxilio en la radio, más grande y por quebrar;la voz venía cortada, con salitre y con angustia,y en cubierta más de un hombre se mordió sin preguntar.Delgado estaba en el puente, Maradona de los mandos,con mirada de cuchillo y el pulso en su lugar:“Yo lo lamento por ellos, pero si viro esta maniobra,no salvamos a ninguno y nos hundimos todos acá.”
Hay decisiones del mar que no caben en canciones,que se quedan en los ojos como sombra sin cerrar;no se toman por cobarde, ni se toman por valiente,se toman porque a bordo alguien tiene que mandar.Y el capitán no temblaba, no por frío ni por bravata,sino porque conocía lo que el agua puede hacer;en el puente se jugaba con la vida de los hombres,y el que manda en esos días no se puede permitir caer.
Ay, Vizcaya, vieja bruja, boca negra del final,siete días con sus noches te quisiste hacer pagar.Ay, Vizcaya, mar oscuro, no me vengas a contar,que hasta el bravo aprende en serio cuando te oye respirar.Ay, Vizcaya, siete días, siete noches sin piedad,con Delgado allá en el puente sin dejarse doblegar;y Toti, firme y callado, con los dientes al apretar,aguantando como aguantan los que saben regresar.
Después vendría otro golpe, cerca de Gibraltar,arena del Sahara metiéndose al respirar;pero ya desde Vizcaya traían la noche adentro,esa clase de silencio que no se puede explicar.Cuando volvió a Ballester, con una muela doliendo,un dentista lo miró y le dijo sin dudar:“Usted durmió con los dientes apretados mucho tiempo,tiene toda la mandíbula cansada de aguantar.”
Y Toti no hizo discurso, ni se pintó de leyenda,porque él cuenta esas cosas como quien cuenta un lugar;pero el que escucha de cerca siente el peso de esa historia,siente siete días largos golpeando contra el metal.No era miedo de novela, no era llanto de cantina,era respeto profundo, era oficio de esperar;era saber que en la vida, cuando el agua se encapricha,hay que estar donde se debe y no dejarse desarmar.
Ay, Vizcaya, vieja bruja, boca negra del final,si no pudiste con ellos, fue porque supieron bancar.Ay, Vizcaya, siete días, todavía suena el temporal,en la voz de los marinos que volvieron a contar.Ay, Vizcaya, mar oscuro, dejá al tango recordar,ese barco, ese capitán, esos hombres y ese azar;y a Toti, viejo lobo, que no precisa exagerar,porque el que volvió de tus noches ya tiene mucho que cantar.

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Venían desde Europa con el cansancio prendido en la ropa,con sal en los bolsillos y sueño viejo de puerto final.El barco iba cortando, como un malevo, la noche cerrada,cuando abajo en la máquina empezó a rugir algo fatal.Un caño de combustible se abrió de golpe como una herida,y escupió sobre el escape su lengua negra de perdición.No hizo falta decirlo: los hombres viejos ya lo entendían,cuando el fuego en un buque se vuelve dueño del corazón.
Corrieron por los fierros, sonó la orden, tembló la entraña,cerraron las estancas para que el aire no entre a matar.Antes de hablar de pérdidas, antes de cuentas, antes de daños,contaron uno por uno a los que estaban para contar.Veinticuatro botellas de frío blanco bajaron al fondo,gas carbónico contra el fuego, humo peleando contra metal.Y cuando el fuego aflojó, quedó un silencio más hondo que el fuego:la máquina estaba muerta, y ellos perdidos en altamar.
Cuatro noches al garete, qué larga se vuelve el agua,cuando no hay máquina, ni rumbo, ni puerto donde llegar.Cuatro noches con faroles temblando allá en proa y popa,como dos ojos de barrio que no se quieren apagar.Cuatro noches al garete, con hombres hechos de espera,sin nombrar nunca al miedo, por no hacerlo despertar.Y Toti, firme en silencio, guardando el pulso de todos,porque hasta el bravo en el mar necesita a quién mirar.
Pusieron unos faroles, chiquitos, pobres, casi de juguete,pero en la boca negra del océano sabían brillar.Uno allá sobre la proa, otro en la popa, marcando el cuerpode aquel gigante herido que no se quería entregar.No había chiste de mesa, ni truco, ni canto, ni sobremesa;la noche era una sábana que no dejaba respirar.Cada cual, para adentro, guardaba un nombre, una cara, una casa,y alguno habrá visto un hijo sin animarse a pestañear.
La radio era a magneto, manija y pulso contra el destino,un SOS tartamudo buscando orejas en la oscuridad.Las coordenadas iban como botellas tiradas al mundo,con la esperanza flaca de que alguien las fuera a encontrar.Pasó la primera noche, pasó la segunda mordiendo el alma,la tercera fue un siglo difícil de disimular.Y al cuarto día, a lo lejos, llegó una sombra con brazo de cabo:un remolcador canadiense los vino al fin a rescatar.
Cuatro noches al garete, qué larga se vuelve el agua,cuando no hay máquina, ni rumbo, ni puerto donde llegar.Cuatro noches con faroles temblando allá en proa y popa,como dos ojos de barrio que no se quieren apagar.Cuatro noches al garete, con hombres hechos de espera,sin nombrar nunca al miedo, por no hacerlo despertar.Y Toti, firme en silencio, guardando el pulso de todos,porque hasta el bravo en el mar necesita a quién mirar.
No hubo muertos ni heridos, lo dice Toti casi tranquilo,como quien cierra una cuenta que no conviene revisar.Pero hay noches que vuelven cuando se apagan todas las luces,y hay silencios de barco que no se hunden nunca más.El cabo que les tiraron fue como un lazo desde la vida,como una mano extranjera sobre la sal del temporal.El buque quedó deshecho, chamuscado, viejo, sin orgullo,y a ellos los mandaron en vuelo de vuelta a Buenos Aires.
Hoy lo cuenta con café, sin agrandarse, sin hacer teatro,pero el que anduvo embarcado sabe lo que quiere decir:estar cuatro noches muerto sobre un pedazo de fierro,y aun así tener coraje para quedarse y resistir.Cuatro noches al garete, viejo Toti, quién diría,que aquel fuego y esa sombra volverían en un compás.Porque un tango también salva lo que el tiempo deja lejos,y hace volver a los hombres que supieron regresar.

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Venían por el Índico, llevando ovejas y cansancio,de Australia pa’l desierto, de la sal hacia el calor.Siete meses de rutina, de corrales y de barcos,con el mar como una mesa, mansito como un cantor.Pero el viento dio la vuelta, como cambia la fortuna,y el monzón, que andaba lejos, se les vino sin avisar.El cielo cerró la cara, se apagó la tarde muda,y el océano, de golpe, se cansó de perdonar.
Un mercante los cruzó, casi rozándoles la vida,pasó como alma en pena, con apuro y sin mirar.Después vino por la radio la noticia malherida:“Barco en emergencia, tal latitud, vengan ya.”Y fueron hacia el punto donde el mundo se hace nada,donde el mapa no consuela ni te puede acompañar.Pero al llegar encontraron sólo restos de desgracia:maderas, tambores huecos, cosas sueltas en el mar.
Y el barco se durmió, viejo, se durmió sobre la ola,treinta grados de costado, sin querer enderezar.Y en la panza de los hombres se hizo larga cada sombra,porque el mar, cuando te mira, no precisa amenazar.Y el barco se durmió, viejo, se durmió como una fiera,con las ovejas colgando de los caños del corral.Y Toti, sin decir miedo, se quedó firme en cubierta,esperando que la suerte lo quisiera despertar.
Tres días dieron vueltas por la zona del naufragio,siguiendo esas corrientes que se ven como un puñal.Tiraron salvavidas con su lucecita en alto,para marcar en la noche donde había que regresar.Pero nadie contestaba desde el fondo de ese frío,ni una voz, ni una mano, ni un silbido en altamar.Y hay silencios que a los hombres se les quedan escondidos,aunque después, en la mesa, los aprendan a contar.
Después les tocó a ellos la dentada del tormento,la ola por el costado, el casco entero al rechinar.El barco roló pesado, como borracho contra el viento,y quedó tumbado en sombra, sin poderse levantar.No volvió como debía, no obedeció la costumbre,no hizo el viaje de regreso que uno espera al navegar.Se quedó clavado, quieto, con el alma en incertidumbre,y la próxima ola encima lo podía terminar.
Y el barco se durmió, viejo, se durmió sobre la ola,treinta grados de costado, sin querer enderezar.Y en la panza de los hombres se hizo larga cada sombra,porque el mar, cuando te mira, no precisa amenazar.Y el barco se durmió, viejo, se durmió como una fiera,con las ovejas colgando de los caños del corral.Y Toti, sin decir miedo, se quedó firme en cubierta,esperando que la suerte lo quisiera despertar.
No hizo falta una plegaria ni promesa de cantina,no hizo falta hacerse el guapo ni ponerse a lagrimear.A bordo los hombres saben que la muerte no se esquivacon palabras grandilocuentes ni con ganas de gritar.Se la mira de reojo, se la mide, se la aguanta,se trabaja si hace falta, se respira sin hablar.Y si alguno tira un chiste, aunque la noche venga brava,es porque el pecho argentino no se entrega sin pelear.
Toti vio la inclinación, vio los fierros, vio la carga,vio las bestias asustadas y a los hombres calcular.No era tiempo de novela, ni de hazaña decorada,era tiempo de estar entero y no dejarse desarmar.Hasta que el casco, de pronto, como un viejo que despierta,dio un tirón desde la sombra, dio otro más y volvió a andar.Se enderezó con rabia, como quien patea una puerta,y la vida entró de nuevo respirando por el mar.
Y el barco despertó, viejo, despertó sobre la ola,con el hierro dolorido pero terco en regresar.Y los hombres se miraron sin decir demasiadas cosas,porque hay triunfos que se callan para poderlos aguantar.Y el barco despertó, viejo, pero en Toti quedó escrito,como queda en los marinos lo que no se borra más.Que no siempre gana el fuerte, ni el que grita más bonito,sino aquel que, cuando todo se recuesta, sigue igual.
Hoy lo cuenta con café, como si fuera poca cosa,como quien habla de un viento que una tarde lo atrasó.Pero yo escucho ese barco recostado entre las olas,y entiendo que hubo una noche donde el mundo se durmió.Y el barco se durmió, viejo, pero Toti no dormía,viejo lobo de cubierta, de silencio y corazón.Si volvió de aquella noche con la vida todavía,que este tango se lo cante con orgullo y emoción.

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Paralelo cincuenta y nueve, sur de hielo, sombra y bruma,la cubierta era una escarcha que mordía sin ladrar.El pesquero, chico y bravo, con el alma medio muda,tenía el espinel tendido como un reto bajo el mar.Siete kilómetros de anzuelo, merluza negra en lo hondo,reflectores encendidos para no morir de sal.Y en la rueda de los hombres, entre frío, mate y fondo,nadie hablaba demasiado, pero todos sabían mirar.
De repente, desde el puente, bajó seca la orden dura:“¡Toda la gente pa’ dentro! ¡Nadie salga a curiosear!”Y ahí nomás, como buen criollo que no compra la censura,si le dicen “no lo mires”, más lo quiere descifrar.Porque Toti no era santo, ni soldado de estampita,era un tipo de los nuestros, de coraje natural;si la muerte se asomaba, él no iba a cerrar la vista,la miraba frente a frente, como quien sabe aguantar.
Ay, destructor treinta y ocho, sombra inglesa en el confín,apareciste entre la bruma como un trueno de metal.Pero enfrente había argentinos, hielo, oficio y espinel,y un enfermero de Ballester que salió igual a mirar.Ay, destructor treinta y ocho, no te niego la impresión,eras grande como un mundo, gris de guerra y soledad;pero el miedo no hizo rancho en la sangre de Toti,sólo ardió la vieja chispa de saber qué iba a pasar.
Primero fue como una mole, una montaña sin permiso,un paredón imposible que avanzaba sobre el mar.No era ola, no era hielo, no era cerro ni espejismo,era fierro con bandera y con maneras de mandar.El barco de ellos, veinte metros, se aguantaba como podía;el inglés, doscientos largos, parecía una ciudad.Y en el lomo de esa sombra, cuando el gris se descubría,Toti vio pintado el número: treinta y ocho, nada más.
Se encendió un helicóptero, como un bicho en la cubierta,y la radio trajo un tono de pregunta militar:“¿Qué hacen en estas aguas? ¿Quién les dio rumbo y respuesta?”Y en el puente hubo un segundo que se pudo masticar.El capitán, sin hacerse el héroe ni pedirle a Dios ayuda,largó una de esas mentiras que se dicen pa’ zafar:“No pescamos, caballeros… exploramos esta ruta.”Y hasta el hielo habrá pensado: “Qué manera de chamuyar.”
Ay, destructor treinta y ocho, sombra inglesa en el confín,apareciste entre la bruma como un trueno de metal.Pero enfrente había argentinos, hielo, oficio y espinel,y un enfermero de Ballester que salió igual a mirar.Ay, destructor treinta y ocho, no te niego la impresión,eras grande como un mundo, gris de guerra y soledad;pero el miedo no hizo rancho en la sangre de Toti,sólo ardió la vieja chispa de saber qué iba a pasar.
No fue cuestión de hacerse el guapo contra un monstruo de acero,ni de andar midiendo pecho con un buque militar.El coraje verdadero, cuando viene fulero,sabe cuándo planta cara y cuándo conviene virar.Porque bravo no es el necio que se entrega por orgullo,bravo es quien mide el peligro sin dejarse arrodillar.Y aquel día, entre la escarcha, con el sur como testigo,se fueron sin bajar la frente, pero sabiendo calcular.
“Retírense de estas aguas”, fue la orden que llegó,y el pesquero dio la vuelta, mascullando su verdad.El espinel quedó en lo hondo, con su boya y su dolor,como un negocio pendiente que no quiso perdonar.Entonces dieron aviso al Lorenzo, viejo hermano de faena:“Ahí quedaron las coordenadas, si lo pueden levantar.”Pero el sur no da revancha cuando el destino condena,y al que vuelve por la presa lo puede salir a buscar.
Dicen que al pobre Lorenzo lo agarraron los ingleses,que lo fueron escoltando con su gente hasta Malvinas.Y en el barco de Toti se callaron varias veces,porque a veces la fortuna te saluda y se termina.Él lo cuenta con sonrisa, con café, sin ceremonia,pero hay cosas que en los ojos no se pueden disfrazar:esa mole, ese número, esa bruma, esa memoria,y ese orgullo bien porteño de haberla podido contar.
Ay, destructor treinta y ocho, sombra inglesa en el confín,apareciste entre la bruma como un trueno de metal.Pero enfrente había argentinos, hielo, oficio y espinel,y un enfermero de Ballester que salió igual a mirar.Ay, destructor treinta y ocho, guardián gris del sur polar,te cruzaste con un Toti que no nació para achicar;si la suerte dio la vuelta, si pudieron regresar,hoy la historia se hace tango y se canta sin temblar.Ay, destructor treinta y ocho, que retumbe en el compás,no hay inglés, ni hielo, ni sombra que le robe voz al mar;porque Toti vio de frente lo que otros no quieren ver,y volvió con esa historia pa’ cantarla en Ballester.

Audio próximamente. Por ahora, la letra.

No era miedo, viejo Toti, cuando el barco se dormía,ni cuando el fuego en la máquina mordía sin perdón.Era mirar a los hombres y saber que todavíaquedaba un cabo de esperanza tironeando el corazón.No era miedo en la cubierta con la noche atravesada,ni en Vizcaya, siete días, sin poderla doblegar.Era apretar bien los dientes, sin decir una palabra,porque a bordo el que se quiebra no le sirve a los demás.
No era miedo, era preocupación,de esa que no grita pero pesa una tonelada.No era miedo, era oficio y corazón,era aguantar de pie cuando la suerte estaba echada.No era miedo, era mirar de frente al mar,sin hacerse el guapo, sin pedirle explicación.Era Toti, viejo lobo, sin dejarse arrodillar,con el alma bien templada y el pulso en su lugar.
No era miedo cuando el inglés apareció como una sombra,treinta y ocho sobre el lomo, gris de guerra y temporal.Era salir a ver qué diablos se asomaba entre la bruma,porque a un criollo de los nuestros no lo encierran por mirar.No era miedo si el espinel quedaba lejos en el hielo,ni si el sur mostraba dientes con su niebla de puñal.Era saber que ser valiente no es chocarse con el fierro,sino irse sin bajar la frente cuando toca calcular.
No era miedo, era preocupación,de esa que no grita pero pesa una tonelada.No era miedo, era oficio y corazón,era aguantar de pie cuando la suerte estaba echada.No era miedo, era mirar de frente al mar,sin hacerse el guapo, sin pedirle explicación.Era Toti, viejo lobo, sin dejarse arrodillar,con el alma bien templada y el pulso en su lugar.
No era miedo cuando un hombre se doblaba de apendicitis,y el capitán protestaba por tener que desviar.Era abrir el viejo libro, con la tinta como límite,y escribir: “Yo di el aviso; ahora firme, capitán.”No era miedo cuando el pulso se escondía en la camilla,ni en la fiebre, ni en la herida, ni en la guardia sin final.Era saber que en cuarenta años, por coraje y por pericia,ningún hombre de sus manos se le fue para el final.
Y si alguno le pregunta qué se siente en esos días,cuando el mar se pone oscuro y no se quiere terminar,él capaz se toma un trago, se acomoda en la silla,y responde medio en broma, como quien no quiere hablar:“Preocupado, sí, muchacho, porque tonto nunca he sido;pero miedo es otra cosa, miedo es no poder pensar.Yo miraba, yo esperaba, yo hacía lo que debía,y después, si había suerte, lo volvíamos a contar.”
No era miedo, era preocupación,de esa que no grita pero pesa una tonelada.No era miedo, era oficio y corazón,era aguantar de pie cuando la suerte estaba echada.No era miedo, era mirar de frente al mar,sin hacerse el guapo, sin pedirle explicación.Era Toti, viejo lobo, sin dejarse arrodillar,con el alma bien templada y el pulso en su lugar.
No era miedo, era la vida con olor a puerto viejo,a café de madrugada, a cubierta y a gasoil.Era el truco entre compañeros, la risa contra el viento,y un tango medio ronco saliendo del comedor.Era el libro en la valija, la baraja sobre la mesa,el negocio entre dos puertos, la mirada de ocasión.Era un hombre que quería comerse entera la tierra,pero siempre volvía a casa con historias y canción.
Hoy el mar queda más lejos, pero vuelve cuando cuenta,y se encienden los faroles de otro tiempo en su voz.Yo lo escucho y se me agranda esa tarde de tormentaque no vi, pero que ahora también navego yo.Porque hay padres que no explican lo que fueron con discursos,lo van dejando en relatos, en silencios y en humor.Y este tango, viejo Toti, cierra el viaje y te saluda,con orgullo de hijo tuyo, con respeto y emoción.
No era miedo, era preocupación,lo decís bajito y se me parte la garganta.No era miedo, era oficio y corazón,era un hombre que a la vida le plantaba cara.No era miedo, era tu forma de pelear,sin corona, sin bandera, sin pedir admiración.Viejo Toti, si este tango te consigue abrazar,que te diga lo que a veces no me sale con la voz.No era miedo, era preocupación,y aun así seguiste firme contra el mar y su canción.No era miedo, viejo lobo de agua y ciudad,era vivir la vida entera sin dejar de navegar.

«Hay historias que sólo pueden contarse con música.»