Temporales
Historia 17 · Temporales · Alta mar

La alarma de colisión

Cuando se vendió la flota mercante y se quedó sin esos barcos, Toti tuvo que pasarse a la pesca. Y la pesca, descubrió pronto, era otro mundo. Más dura, más improvisada, y muchas veces más peligrosa, no por el mar sino por la desidia de los hombres.

Lo vio claro en un barco langostinero. El capitán de siempre se había tenido que bajar: le habían encontrado un tumor. En su lugar salió el primer oficial, un hombre que tenía la patente de capitán en regla pero que nunca, jamás, había navegado en el mar abierto. Solo había navegado en río. Y el río y el mar, aunque los dos sean agua, no se parecen en nada.

La zona de pesca era un hervidero. Había alrededor de cien barcos trabajando ahí. De noche no se pescaba: los barcos se quedaban al garete, con la máquina prendida, derivando según el viento y la corriente. Cien barcos a oscuras, moviéndose solos, cerca unos de otros. Un lugar donde había que tener los cien ojos abiertos.

Y acá aparece la diferencia que a Toti le hervía la sangre. En la Marina Mercante, en el puente de mando siempre había dos personas de guardia: un oficial y un marinero. Dos, por seguridad, para que nunca faltara una mirada. En la pesca, para ahorrar plata, muchas veces dejaban a una sola. Y a veces ni eso.

Porque ese capitán nuevo, el de río, en su primer viaje quiso hacerse el macanudo, el compañero, el que arrima el hombro. En lugar de quedarse firme en el puente —que era su lugar, su responsabilidad, lo único que tenía que hacer—, bajó a la cubierta a ayudar a empacar langostinos. El puente quedó vacío. Cien barcos alrededor, la noche cerrada, y nadie al mando.

El azar quiso que el que llegara al puente fuera Toti. Y por un motivo de lo más doméstico: un tripulante le había pedido un remedio simple, de esos que él guardaba arriba, y Toti subió a buscarlo. Eso fue todo. Subió por una pastilla.

Lo que encontró al llegar lo heló. La alarma de colisión estaba sonando. Las luces, prendidas. Y la radio, hablando sola en el puente vacío: una voz que advertía que el barco que venía en tal rumbo tenía que caer a babor de inmediato, porque estaban en línea de colisión. El barco en línea de colisión era el de ellos. Y en el puente no había nadie para escuchar ese aviso.

Toti no perdió un segundo. No se quedó a maniobrar —no era su trabajo y no le correspondía—, pero hizo exactamente lo que había que hacer: salió disparado a buscar al capitán, lo encontró abajo entre los langostinos y le gritó dos palabras.

—¡Alarma de colisión!

Y se hizo a un lado, para no estorbar. El capitán largó todo, voló al puente y maniobró a tiempo para sacar el barco de la línea de colisión. Se salvaron. Pero se salvaron de pura casualidad: por una pastilla, por un tripulante con un dolor cualquiera, por un Toti que subió al puente en el minuto justo.

Toti lo cuenta todavía indignado, y con razón. Para él aquello no fue mala suerte ni un susto sin importancia: fue una falla de seguridad gravísima. En ese puente vacío se había jugado, sin que la mayoría se enterara, la vida de los treinta y seis tripulantes del barco.

Un capitán que quiso quedar bien empacando langostinos estuvo a punto de hundir a treinta y seis personas. Y la única red de seguridad que funcionó esa noche fue, de pura casualidad, un enfermero que subió a buscar un remedio.

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