
Si hay una historia que explica cómo pensaba Toti, cómo se paraba frente al peligro, es esta. Y no necesita un gran temporal de fondo: le alcanza con una palabra, con la diferencia exacta entre dos palabras.
La escena fue en el Océano Índico, durante los siete meses del barco ovejero, en aquellos viajes que llevaban veintitrés mil ovejas de Australia al Golfo Pérsico. El Índico, dice Toti, solía estar quieto como un mar de aceite, manso, casi aburrido. Pero hay un momento del año en que cambia el monzón, y en ese cambio el mar se transforma. Esa vez se transformó del todo.
Se levantó un temporal enorme. Tan grande que un barco mercante que poco antes los había pasado muy cerca terminó hundiéndose. A Toti y a los suyos les llegó el aviso de auxilio —el barco más cercano debía acudir— y eran ellos los más cercanos. Pasaron tres días dando vueltas alrededor de la zona del naufragio, buscando sobrevivientes entre maderas flotando y tambores vacíos. No encontraron a nadie.
Y ese mismo temporal, claro, también los golpeó a ellos. En medio de las olas, algunas ovejas quedaron colgadas de los caños de los corrales. Y entonces el barco hizo lo más temido.
Roló de costado y quedó ahí. Inclinado, escorado casi treinta grados, sin enderezarse.
Toti lo explica con una claridad de marino que conoce su oficio. Cuando un barco rola normalmente, uno lo siente ir hacia un lado y sabe que va a volver: es un movimiento, un vaivén, algo vivo. Pero cuando rola y se queda quieto, escorado, detenido en esa inclinación, la cosa cambia por completo. Significa que perdió la respuesta, que no se está enderezando. Y la próxima ola grande lo puede terminar de dar vuelta. Toti tiene una imagen perfecta para ese instante: dice que el barco “se durmió”.
Un barco dormido, sobre el costado, en mitad de un temporal del Índico. Treinta grados de inclinación. La tripulación entera conteniendo la respiración.
Y acá viene lo que de verdad importa de esta historia. Porque a Toti le preguntan, naturalmente, si tuvo miedo. Y él se planta en una distinción que no es un capricho ni una pose: es toda una filosofía de vida.
«No me gusta decir que tuve miedo, porque el miedo paraliza. Prefiero decir que estábamos muy preocupados.»
No es soberbia. No está negando el peligro: el peligro era enorme y real, y él lo sabía mejor que nadie. Lo que Toti rechaza es otra cosa. Rechaza el miedo entendido como esa cosa que congela, que bloquea, que deja a un hombre sin poder hacer nada justo cuando hay que hacer todo. La preocupación, en cambio, no paraliza: mantiene despierto, alerta, pensando, listo para actuar. La preocupación trabaja a favor; el miedo, en contra.
Es una manera de pararse en la vida. El barco escorado finalmente empezó a dar tirones, peleó contra su propio peso y volvió, despacio, a su posición. Se enderezó. Superaron el temporal.
Y Toti se quedó con la lección, esa que repetiría siempre: en los peores momentos no se trata de no sentir nada. Se trata de no dejar que lo que uno siente le gane la pulseada a lo que uno tiene que hacer.