
No todos los capitanes de Toti eran como aquel hombre prudente del Golfo de Vizcaya. Algunos eran lo contrario: hombres a los que la soberbia les pesaba más que la experiencia. Y con uno de esos vivió Toti otro de los grandes temporales de su vida, allá en el extremo sur, en las aguas frías y traicioneras de los canales chilenos.
El barco iba por la costa argentina y, para cruzar la zona de los canales, llevaba a bordo dos prácticos chilenos: hombres del lugar, que conocían esas aguas como la palma de la mano y subían justamente para guiar al barco por los pasos peligrosos. Uno de esos prácticos le recomendó al capitán, con todas las letras, que no cruzara por cierto paso: estaba demasiado peligroso.
Pero el capitán de ese viaje venía de la Marina de Guerra. Y a los oficiales de la Marina de Guerra los mercantes los miraban con cierta sorna; les tenían hasta un apodo, “lustra cañones”, porque —decían— para lo único que servían era para tener los cañones relucientes. Ese capitán, picado quizás por el consejo de un práctico, contestó con pura soberbia: que ahí los marinos eran ellos, y que al que no le gustara, que se fuera a navegar a los botecitos del lago de Palermo. Y decidió cruzar igual.
La factura llegó enseguida. Siete días y siete noches de temporal tremendo.
Toti, curioso como siempre, entendía bien lo que estaba en juego, y lo explica con precisión. La hélice del barco giraba a unas noventa vueltas por minuto, y tenía un sistema automático de protección. ¿Por qué? Porque cuando el barco clavaba la proa contra una ola gigante y se hundía hacia adelante, la hélice de la popa quedaba al aire, fuera del agua. Sin la resistencia del mar que la frenara, esa hélice podía acelerarse de golpe hasta romperse el eje o partirse ella misma. El automático cortaba la fuerza justo en ese instante.
¿Y si el automático fallaba? El barco podía perder la propulsión y quedar a la deriva en mitad del temporal. Por eso, durante esos siete días, hubo dos hombres de máquinas apostados en la popa, sin moverse, listos para accionar el mecanismo a mano si el sistema los dejaba a pie. Siete días y siete noches de guardia, con la tormenta golpeando.
Y en medio de todo eso —porque en las historias de Toti el humor nunca falta del todo— la tripulación se juntaba en el comedor, preocupada. Había ahí un electricista bastante cómico que aflojó la tensión con una sola frase. Dijo que tenía ganas de subir al camarote del capitán a decirle en la cara que no sabía nada de navegación… pero que, si lo hacía, lo echaban de la compañía, así que mejor se quedaba ahí, tomando café con todos. La ocurrencia hizo reír a la tripulación entera, y esa risa, en medio del temporal, valía oro.
Aguantaron los siete días. El tiempo por fin calmó. Y el barco siguió su rumbo, entero, con la soberbia del capitán convertida en una anécdota más para contar.
Toti aprendió, viajando, a distinguir las dos clases de capitán: el que escucha y el que no. Con el de Vizcaya estuvo en buenas manos. Con este, se salvaron casi de milagro. Y los dos temporales, el prudente y el soberbio, terminaron en el mismo lugar: en su memoria, listos para ser contados.