
Cuando a Toti le preguntan por la peor tormenta de sus cuarenta años de mar, no duda. Vivió varias, todas grandes, pero hay una que está por encima de todas. Fue en el Golfo de Vizcaya, ese tramo de mar entre Francia y España con fama bien ganada de bravo.
El cruce de Vizcaya, en condiciones normales, llevaba un día y medio. Esa vez les llevó siete días. Siete días y siete noches dentro del mismo temporal.
Y en medio de ese infierno de agua, Toti vio algo que no se le borró nunca. Cerca de ellos, un barco mexicano —un portacontenedores enorme, del doble de tamaño que el de Toti— se estaba hundiendo. Pedía auxilio. Y ellos lo veían, lo tenían ahí, a la vista, pidiendo ayuda.
El capitán de Toti era un hombre que sabía lo que hacía y al que no le temblaba el pulso. Tomó la decisión más dura que un marino puede tomar y la dijo sin rodeos: lo lamentaba por esa gente, de verdad lo lamentaba, pero si desviaban el rumbo y abandonaban las maniobras que los mantenían a flote, el próximo barco en hundirse iba a ser el de ellos. Primero, su propia tripulación.
Toti lo cuenta sin condenar a ese capitán. Al contrario: con los años entendió que esa frialdad no era crueldad, era responsabilidad. En el mar, a veces, querer salvar a todos es la manera más segura de no salvar a nadie.
Sobrevivieron a los siete días. Pero el mar todavía no había terminado con ellos. Al día siguiente, apenas amainado lo peor, el capitán les avisó que se prepararan: venía un ciclón cruzando Europa y los iba a alcanzar justo en la boca del Estrecho de Gibraltar.
La maniobra del capitán fue de manual y de coraje a la vez. Decidió arrimarse todo lo posible a la costa africana para usar la tierra como escudo contra el viento. Con la ecosonda iba midiendo el fondo del mar —buscando arrecifes, asegurándose de que se podía navegar— y así, palmo a palmo, fue pegando el barco a la costa. Mandó cerrar todos los ojos de buey con sus corazas de acero. Y aguantaron.
El ciclón les dejó un recuerdo insólito. El viento venía cargado de arena del desierto del Sahara, y esa arena finísima se colaba igual adentro del barco: tenía que entrar aire para respirar, y con el aire entraba el polvo del desierto. Toti recuerda que la tripulación se miraba entre sí y se reía, porque estaban todos cubiertos de una capa de arena clara, como si los hubieran rebozado en harina. Hasta en el peor temporal, Toti encontraba de dónde sacar una sonrisa.
Pero el cuerpo guarda lo que la sonrisa disimula. Cuando el barco por fin llegó a Buenos Aires, a Toti le empezó a doler una muela. Él, que siempre había tenido buena dentadura, fue a ver al doctor Arana, un dentista muy bueno de Villa Ballester. El dentista lo revisó, lo miró con extrañeza y le hizo una pregunta inesperada: si se había peleado con alguien.
Toti dijo que no. Y entonces el dentista le explicó lo que veía: tenía todos los dientes y las muelas flojos, como si hubiera pasado más de un día entero con la mandíbula apretada con todas sus fuerzas.
Y era exactamente eso.
Siete días y siete noches de tensión, de mar embravecido, de un barco hundiéndose al lado, de un ciclón esperando en Gibraltar. El cuerpo de Toti había aguantado todo eso con los dientes apretados, sin que él siquiera se diera cuenta. La tormenta no le había aflojado los nervios —Toti no lo permitía—, pero le había aflojado la dentadura.
Años después, cuando se liquidó la flota mercante del Estado y muchos barcos se vendieron como chatarra, Toti dijo que de todo aquello una sola cosa lo alegró: saber que nunca más, jamás, iba a tener que volver a cruzar el Golfo de Vizcaya. Esa tormenta se le había quedado adentro para siempre.