
En los barcos de ELMA, la empresa de líneas marítimas del Estado, una vez les tocó cargar una mercadería particular: cuero crudo, traído de las barracas. El cuero crudo viaja con su propia comitiva, y esa comitiva no se ve al cargar. Se descubre después, cuando el barco ya está en el mar.
Con el cuero subieron las ratas. Y no eran ratas comunes.
Eran ratas grandes como gatos.
Así las describe Toti, sin exagerar para el efecto: del tamaño de un gato, moviéndose por las bodegas, instaladas a bordo como un pasajero más. Alguien tenía que ocuparse del control de plagas, y la elección recayó en Toti.
A él no le molestó en absoluto. Al contrario. Lo dice con una frase que es pura autobiografía resumida en pocas palabras: que toda la vida había andado “a los cajotazos”. Un hombre que venía del barrio, que se había ganado el pan cargando bolsas y vendiendo de puerta en puerta, no le tenía miedo ni asco a una rata. Era, apenas, un trabajo más. Y Toti, los trabajos, los hacía bien.
Y los hacía bien porque pensaba. Acá no se trataba de poner una trampa y esperar: se trataba de entender al enemigo. Toti se puso a estudiar a las ratas como quien estudia a un rival, y armó una estrategia de varias piezas.
Primero, el olfato. Las ratas tienen un olfato finísimo, y si huelen a persona en una trampa, no se acercan ni locas. Así que Toti usó dos recursos. Se ponía guantes para manipularlo todo, de modo de no dejar rastro de olor humano. Y en cada trampa ponía una gotita de aceite de anís, que tapaba cualquier olor delator.
Después, el cebo. Y acá estuvo lo más fino de su razonamiento. Toti se dio cuenta de que las ratas ya tenían comida y bebida a destajo: comían del propio cuero crudo de la bodega y tomaban el agua que se condensaba en los caños. Tentarlas con más de lo mismo no servía de nada. Había que ofrecerles algo distinto, algo que no tuvieran, algo que despertara la curiosidad de un animal harto de cuero. Toti eligió manzana. Fruta fresca en medio de aquel ambiente de cuero crudo y humedad: una novedad irresistible.
La estrategia funcionó. Llegó a cazar entre veintiocho y treinta ratas grandes. A cada una, trampa y todo, la enganchaba con un alambre y la mandaba al agua, sin más trámite.
Y ahí apareció el conflicto, que en la vida de Toti casi nunca falta. Un oficial —de esos que él llamaba “marinero de agua dulce”, que nunca había navegado de verdad en el mar— le reprochó que tirara las trampas por la borda, porque costaban plata y eran de la empresa.
Toti no levantó la voz. Le ofreció, con toda cortesía, una solución: le llevaba la rata con la trampa puesta, y el oficial mismo la sacaba y recuperaba el fierro. El oficial, por supuesto, se asqueó de solo imaginarlo y le pidió que ni se le ocurriera traerle semejante bicho. Perfecto, contestó Toti: entonces, si no quería perder trampas, él dejaba de cazar ratas. Y como en la proa del barco había unas doscientas trampas más esperando, la cuenta era fácil de hacer. El oficial lo pensó, se tragó el orgullo y lo dejó seguir trabajando a su manera.
Una vez más, sin gritar ni pelear, Toti había ganado. Le alcanzaba con tener razón y con saber decirla en el momento justo.