
Apenas se recibió de enfermero, Toti hizo algo muy suyo: se fue a los remates de aduana a comprar libros. En esos remates se vendía lo que quedaba sin reclamar, y entre todo eso consiguió dos libros de medicina que iban a acompañarlo durante años de navegación.
Uno era una especie de manual práctico —algo así como Del síntoma a la receta—, de esos que ayudan a ir de lo que el enfermo siente hacia lo que el enfermo necesita. El otro era un diccionario de términos médicos. Y Toti, que era inteligente, entendió rápido para qué servía cada uno. El manual no valía gran cosa sin el diccionario, porque la medicina está escrita en un idioma propio: el que lee de medicina sin manejar la terminología no entiende casi nada. El diccionario era la llave que abría el otro libro.
Esa pareja de libros le dio, sin querer, una de sus diversiones favoritas a bordo.
Cada tanto, algún capitán curioso le pedía prestado un libro de medicina. Toti, siempre amable, le prestaba el manual. Pero —y acá está la picardía— nunca le prestaba el diccionario. El capitán se quedaba entonces con un libro lleno de palabras que no entendía, un texto en un idioma a medias, y tarde o temprano volvía a Toti con una consulta.
Un día, uno de esos capitanes apareció con una palabra que lo tenía intrigado. Quería saber qué significaba “meteorismo”.
El meteorismo, en realidad, es algo de lo más terrenal: la acumulación de gases en el intestino. Nada solemne, nada misterioso. Pero Toti tenía enfrente a un hombre que no manejaba el vocabulario médico, que dependía por completo de lo que él le dijera… y la tentación era demasiado grande.
Así que Toti se puso serio, como quien va a transmitir un saber profundo, y le explicó que la palabra venía de los meteoros. Que se llamaba así porque el fenómeno era comparable a una lluvia de meteoros: por el ruido, por ese estruendo de los gases moviéndose. Una etimología completamente inventada, dicha con cara de catedrático.
El capitán le creyó. Por supuesto que le creyó: no tenía con qué dudar. Y Toti se reía por dentro, encantado, divertido con su propia travesura.
«Le dije que se llamaba meteorismo porque era como una lluvia de meteoros, por el ruido.»
No había maldad en la broma. No buscaba humillar a nadie ni sacar ventaja. Era, sencillamente, Toti siendo Toti: el hombre que necesita el chiste como necesita el aire, el que encuentra en cualquier rincón de la rutina —hasta en una consulta médica, hasta en la palabra más técnica— una puerta para jugar.
El mar es largo, los viajes son largos, y el aburrimiento es un enemigo más. Toti lo combatía con lo que mejor sabía hacer: contar, exagerar, inventar. Convertir una palabra de diccionario en una pequeña función de humor de la que solo él tenía la entrada.