Trabajo y códigos
Historia 10 · Trabajo y códigos · Alta mar

Yo lo voy a anotar en el libro de enfermería

Toti detectaba la apendicitis. Toti sabía qué había que hacer. Pero Toti no era el que mandaba el barco. El que mandaba era el capitán. Y ahí, justo en esa frontera, se libraba una de las peleas más difíciles de su oficio.

Muchos capitanes de la Marina Mercante —cuenta Toti— no estaban preparados para estas situaciones, o no querían estarlo. Lo que ellos tenían en la cabeza era el viaje: la carga, los plazos, el barco produciendo, avanzando, cumpliendo. Desviarse hasta un puerto para desembarcar a un enfermo significaba perder días, perder plata, romper la planificación. Y entonces dudaban. Y discutían.

—¿Y vos cómo sabés que es apendicitis? A lo mejor es un simple gas. No vamos a mandar el barco a tierra por un dolor de panza.

Toti los escuchaba. No gritaba, no golpeaba la mesa. Tenía algo mejor que los gritos. Tenía un libro.

A bordo, la enfermería llevaba un libro foliado: un libro de hojas numeradas, oficial, donde se asentaba lo que pasaba. Ese libro, al llegar a puerto, lo tenía que firmar el capitán y lo revisaba el médico de puerto. No era un cuaderno cualquiera. Era un documento.

Entonces Toti les contestaba, tranquilo, con una frase que valía más que cualquier discusión a los gritos:

«Yo voy a cumplir con mi trabajo, y lo voy a anotar en el libro de enfermería.»

Iba a dejar asentado, negro sobre blanco, todo: los signos que había observado, el diagnóstico que sospechaba, la conducta que recomendaba y —sobre todo— que había informado al capitán del riesgo. Que el capitán había sido avisado. Que, a partir de ese renglón escrito, lo que le pasara a ese hombre ya no era responsabilidad del enfermero.

El efecto era siempre el mismo. El capitán, que un minuto antes hablaba de “un simple gas”, se ponía nervioso. Porque una cosa es discutir de palabra, que se la lleva el viento, y otra muy distinta es quedar escrito en un libro oficial como el hombre que, estando avisado, decidió no hacer nada. Eso ningún capitán lo quería sobre su nombre.

Así que aceptaban. Pedían la consulta radiomédica. Y cuando Toti le pasaba al médico de tierra, por radio, la lista completa de signos y síntomas, la respuesta del médico era siempre la misma y siempre urgente: desembarquen a ese tripulante cuanto antes.

Toti no usaba el libro para pelearse. Lo usaba para cuidar. El libro foliado era su manera de poner la vida de un marinero por encima del orgullo de un capitán y del apuro de una empresa.

Hay una frase que resume sus cuarenta años de oficio mejor que ninguna otra, y la dice sin levantar la voz, casi con pudor: en cuarenta años de mar, no se le murió ninguno. El libro de enfermería —y la terquedad de Toti para hacerlo respetar— tuvo bastante que ver con eso.

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