Trabajo y códigos
Historia 09 · Trabajo y códigos · Alta mar

Tres apendicitis en siete meses

Durante siete meses, Toti hizo siempre el mismo recorrido: cargar veintitrés mil ovejas en Australia, cruzar hasta los puertos del Golfo Pérsico, descargar, volver a Australia y cargar de nuevo. Siete meses de ida y vuelta sobre la misma agua. Y en esos siete meses, en ese único barco, le tocaron tres casos de apendicitis.

Tres. Lejos de cualquier hospital, lejos de cualquier médico, con un solo enfermero a bordo para resolverlo. Ese enfermero era Toti.

Las cosas, en alta mar, no llegaban de manera prolija. El enfermo no era siempre el primero en avisar; muchas veces era un compañero. Alguien se cruzaba a Toti por un pasillo y le tiraba el dato: que fuera a ver a tal tripulante, que lo había visto vomitando en los corrales de las ovejas, que no se lo veía nada bien.

Toti iba. Lo buscaba, lo llevaba a la enfermería y empezaba lo suyo. Y acá conviene decir algo que él aclara siempre, sin falsa modestia y sin falso orgullo: Toti no era médico. Era enfermero. Pero era un enfermero serio, formado, que sabía exactamente hasta dónde llegaba su conocimiento… y que sabía también que, en medio del océano, ese conocimiento podía ser la diferencia entre la vida y la muerte de un hombre.

Revisaba con método. Tomaba la temperatura en dos lugares, axilar y rectal, y comparaba. Normalmente la rectal da apenas más alta que la axilar; pero cuando hay una apendicitis, esa diferencia se dispara, se vuelve marcada, delatora. Sumaba las otras señales: varios días sin apetito, la lengua blanca y saburral, las náuseas. Y entonces venía lo más fino: la palpación.

Toti explica que el apéndice se ubica sobre una línea imaginaria trazada entre el ombligo y la ingle derecha. Apoyando los dedos con cuidado en un punto de esa línea, si había apendicitis aparecía una respuesta sutil: el músculo se ponía duro, se defendía solo, sin que el enfermo lo decidiera. Esa defensa pequeña y callada era una de las pistas más confiables. Pero había que saber buscarla; había que palpar despacio para no perdérsela.

Cuando todas las señales coincidían —la fiebre despareja, la lengua, la falta de apetito, las náuseas, la defensa muscular—, para Toti la conclusión era una sola y no admitía livianeza: eso no se subestima. En tierra, una apendicitis es una operación de rutina. En alta mar, a días de navegación de cualquier puerto, una apendicitis que se perfora y se transforma en peritonitis puede matar.

Así que Toti actuaba, y actuaba completo. Informaba de inmediato al capitán. Sacaba al tripulante de servicio. Le ponía hielo sobre la zona del apéndice para frenar la inflamación, lo dejaba a dieta líquida y pedía cuanto antes una consulta radiomédica para hablar por radio con un médico en tierra. Y pedía algo más, lo más importante de todo: que el barco lo llevara a un puerto y lo desembarcara.

Lo lógico sería que ahí terminara el problema. El enfermero detecta, el enfermero recomienda, el barco obedece.

Pero no. Porque del otro lado, muchas veces, había un capitán que no quería desviar el barco ni perder un solo día de viaje. Y entonces empezaba la otra pelea de Toti: la que no se daba contra una enfermedad, sino contra la autoridad. Esa es la próxima historia.

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