
No todos los peligros que vivió Toti tenían que ver con el mar. Algunos lo esperaban en tierra firme, en una calle cualquiera, escondidos en un gesto tan común que él ni lo pensaba: encender un cigarrillo.
La escena fue en un puerto árabe —Doha, Dubái, alguno de esos del Golfo; la memoria ya no precisa cuál—. Toti caminaba por la calle, tranquilo, fumando, como había caminado y fumado en cien puertos antes. Pero ese puerto, ese día, no era un puerto cualquiera. Era Ramadán.
Durante el mes de Ramadán —lo explica el propio Toti, que era curioso y todo lo que veía lo quería entender— los creyentes no comen, no beben ni un trago de agua, no fuman y no prenden fuego mientras hay luz de día. Recién cuando baja el sol se permiten comer. El día entero es para el ayuno y para el rezo. Para ellos era lo más natural del mundo; para un argentino recién bajado del barco, era un mundo entero por descubrir. Y Toti lo estaba descubriendo de la peor manera posible: caminando con un cigarrillo encendido en la mano, a plena luz del día.
No tardó en darse cuenta de que algo pasaba. Un hombre mayor, de unos setenta años, vestido con túnica y ropa tradicional, se le plantó adelante y empezó a hablarle en árabe. No le hablaba: le reprochaba, con la voz subida, visiblemente indignado. Y no venía solo. Detrás de él había unos quince muchachos jóvenes, y ninguno traía cara de broma.
Toti no entendía las palabras, pero el idioma del cuerpo se entiende en todos los puertos del mundo. Quince contra uno. La cosa se estaba poniendo fea, y rápido.
Por suerte, al lado tenía a un compañero —un tipo de Vicente López— que sí sabía leer la situación. No hubo discurso ni explicación. Solo cuatro palabras, dichas en voz baja y urgente:
«Toti, tirá el cigarrillo.»
Y acá está, una vez más, eso que define a Toti: la picardía que también sabe cuándo no hacerse el vivo. Toti no discutió, no se ofendió, no quiso tener razón. Soltó el cigarrillo, lo dejó caer al piso y lo pisó con el pie, despacio, a la vista de todos. Un gesto simple, pero clarísimo: entendí, lo apago, no era mi intención faltarle el respeto a nada de lo suyo.
Y funcionó. El hombre mayor lo miró, midió el gesto, y se fue. Los quince muchachos se fueron detrás de él. La calle volvió a ser una calle cualquiera.
Toti se había metido en el lío sin querer y había salido de él sin pelear. Porque algo había aprendido viajando: el que llega de afuera no llega a tener razón, llega a mirar, a entender y a respetar la casa ajena. El cigarrillo se apaga en un segundo. La historia, en cambio, se cuenta toda la vida.