
De todos los sustos que el mar le tenía guardados a Toti, este fue uno de los más grandes. Y empezó, como empiezan casi todas las tragedias en el agua, con una falla pequeña.
El barco —Toti recuerda un nombre parecido a Río Marapá— volvía de un largo periplo europeo: la costa de Portugal, Cantabria, el País Vasco, Marsella, puertos del Mediterráneo. Ya estaban de regreso, cruzando el Atlántico norte, allá arriba, a la altura de Groenlandia, derivando hacia Canadá. Mar abierto, frío, lejos de todo.
Entonces se rompió una tubería de combustible. El combustible, suelto, encontró el peor camino posible: cayó sobre el caño de escape, que estaba al rojo vivo. No hizo falta nada más. En cuestión de segundos, toda la sala de máquinas era fuego.
La sala de máquinas es el corazón de un barco. Sin ella, un barco deja de ser un barco y pasa a ser un fierro enorme a merced de las olas. Y ese corazón se estaba quemando en medio del océano.
Acá Toti, que cuenta casi todo con humor, baja el tono. Porque lo que vino después fue puro oficio, puro protocolo hecho con la cabeza fría. Evacuaron a todo el personal de máquinas. Cerraron las puertas estancas para ahogar el fuego, para que no le llegara más oxígeno y no se propagara al resto del barco.
Y antes de pelear contra las llamas, hicieron lo primero que hay que hacer: contar a la gente. Uno por uno, toda la tripulación, para estar seguros de que el fuego no se había llevado a nadie y de que no quedaba ningún hombre atrapado del otro lado de esas puertas estancas. No faltaba nadie.
Recién entonces atacaron el incendio. Descargaron sobre la sala de máquinas veinticuatro botellones de veinte kilos de dióxido de carbono cada uno. Casi media tonelada de gas para robarle al fuego el aire que respiraba.
El fuego se apagó. Pero el precio fue el barco entero. Quedó destruido, muerto, flotando a oscuras en mitad del Atlántico norte. El capitán mandó colgar faroles en los palos de proa y de popa: faroles chicos, de unos cuarenta centímetros, casi de juguete. Pero en la oscuridad absoluta del mar abierto, esa luz mínima se veía desde lejos. Era todo lo que tenían para decirle al mundo: acá hay un barco, acá hay hombres.
Cuatro días y cuatro noches estuvieron así. Al garete.
«Estuvimos cuatro días y cuatro noches al garete en el medio del mar.»
Para pedir ayuda tenían un equipo a magneto: un aparato al que había que darle manija, con la pura fuerza del brazo, para generar la señal y largar al aire el SOS junto con las coordenadas. Así, a puro brazo, el barco herido fue avisando dónde estaba mientras la corriente lo arrastraba despacio hacia el norte, hacia Canadá.
Y desde Canadá llegó la respuesta. Un remolcador de altura tomó el pedido de auxilio, salió a buscarlos, los encontró por fin entre tanta agua, les pasó un cabo y los arrastró hasta puerto. En Canadá se quedaron el capitán y el jefe de máquinas, atados al barco y a los trámites; al resto de la tripulación la mandaron de vuelta a Buenos Aires en avión.
No hubo heridos. No hubo muertos. El barco quedó para largas reparaciones, pero la gente volvió entera. Y Toti se trajo, una vez más, lo único que siempre se traía de cada viaje: la historia para contarla.