Trabajo y códigos
Historia 06 · Trabajo y códigos · Puertos / Lejano Oriente

El barco calamitoso de Singapur

El maletín de diplomático ya había cumplido su función. Las escalas habían quedado atrás, las historietas leídas y releídas, y Toti finalmente pisaba Singapur, el puerto del otro lado del mundo al que el delegado del sindicato lo había mandado casi como un castigo. Solo faltaba subir a bordo y empezar a trabajar.

El barco lo estaba esperando, sí. Pero lo que encontró no fue un barco: fue una advertencia flotando en el agua.

Estaba en estado calamitoso. Ratas. Cucarachas. Plagas de toda clase moviéndose por los rincones. Era una empresa de un particular —un señor de origen danés, Larsen o algo parecido, que tenía barcos con bandera argentina— y se notaba que de navegación sabían poco y que de cuidar el barco no se ocupaba nadie. Pura desidia.

El detalle completaba el cuadro. Las heladeras no andaban. Los bebederos tampoco. El aire acondicionado, en pleno trópico, estaba muerto. Los colchones, rotos; las sábanas, rotas; y por los pasillos corría agua servida. A un barco así no se le podía pedir que cruzara un océano. Apenas se le podía pedir que no se hundiera en el muelle.

La tripulación tomó una decisión y se plantó: en esas condiciones, no salían a navegar.

Y acá la historia deja de ser una simple queja y se vuelve una clase de inteligencia práctica, de esa que a Toti le sobraba. Porque plantarse, en un barco, no es gratis. Negarse a las órdenes del capitán puede llamarse motín, y el motín se paga caro.

Así que no fueron en patota. Armaron una comisión de exactamente cuatro personas —ni una más—, porque sabían que más de cuatro tripulantes presentándose juntos ante el capitán ya podía interpretarse como rebelión. Cuatro, uno por cada sección del barco: máquinas, cubierta, cámara y una más. Cuatro voces, ningún motín.

Fueron a ver al cónsul argentino en Singapur, un hombre que Toti recuerda con afecto: Lorenzo Pepe, de esas personas excelentes que uno se cruza pocas veces en la vida. El cónsul escuchó y le dijo al capitán lo evidente: que en esas condiciones el barco no podía salir.

El capitán tenía su jugada preparada. Argumentó que cada día amarrado al muelle costaba una fortuna y pidió permiso para salir a fondear ahí nomás, prometiendo que una vez fondeados repararían todo y traerían lo que faltara. Sonaba razonable. No lo era. Y la comisión lo sabía.

Le explicaron al cónsul el truco escondido en esa propuesta: según el reglamento marítimo, un barco fondeado se considera en navegación. Si aceptaban salir a fondear, el capitán recuperaba toda su autoridad de mando. Y entonces, si una vez afuera volvían a negarse a seguir viaje, ya no serían trabajadores reclamando: serían amotinados. Perderían el reclamo, y con él, probablemente, el trabajo.

La comisión no se movió de esa idea. Le dijeron al cónsul, con todas las letras, que ese capitán ya les había fallado demasiadas veces y que no iban a soltar el muelle hasta que el barco estuviera arreglado de verdad. Y para que no quedaran dudas, se bajaron todos a tierra y se quedaron ahí, firmes, esperando.

La firmeza, cuando es de verdad, se nota. Y terminó ganando. El barco se reparó. Veintiocho días llevó dejarlo en condiciones humanas —veintiocho días enteros—, y recién entonces esa tripulación soltó las amarras y salió a navegar.

Toti tenía poco más de veinte años y acababa de aprender, en el primer puerto grande de su vida, una lección que ya no soltaría nunca: que se puede ser respetuoso y, al mismo tiempo, no dejarse pasar por encima.

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