Comercio
Historia 05 · Comercio · Lejano Oriente / Alta mar

Singapur 1973: el maletín de diplomático

Toti empezó a navegar como empiezan casi todos: pagando el derecho de piso. Por nuevo, lo mandaban siempre al sur. Río Gallegos, carbón para las usinas, petróleo en los barcos de Shell, el frío que corta la cara, los puertos australes. Una vez y otra y otra, el sur.

Hasta que se cansó. Hacía un mes que era el primero en la lista de embarque —le correspondía un barco con destino a Europa— y, sin embargo, otra vez le querían encajar un viaje al sur. Toti agarró ese enojo y lo llevó derecho al sindicato. Le dijo de todo al delegado, sin guardarse nada. El delegado lo escuchó, lo dejó terminar, y le contestó con una de esas frases que suenan a chiste pero son una sentencia: que lo iba a mandar a un lugar, sí, pero que después no viniera a quejarse.

Ese lugar quedaba a medio mundo de distancia. Ese lugar era Singapur.

Corría 1973. El resto del contingente ya había salido, así que Toti tuvo que viajar solo: un pibe de Villa Ballester cruzando el planeta por su cuenta, en una época en que cruzar el planeta era de verdad una travesía. La ruta fue una colección de escalas que parecían no terminar nunca —Río de Janeiro, Lisboa, Beirut, Frankfurt, Londres, París, Yakarta— hasta el otro extremo del mundo.

Y acá aparece el detalle que vuelve inolvidable la historia. Antes de salir, Toti se compró un maletín. No cualquiera: uno serio, de cuero, de los que llevan los hombres importantes, de esos que en un aeropuerto te hacen ver respetable. Quería, en sus propias palabras, «figurar de diplomático». Quería atravesar todos esos controles, todas esas aduanas, todas esas miradas de funcionario, con el aire de alguien que viaja por asuntos de Estado.

Adentro del maletín no había documentos secretos ni papeles oficiales.

Adentro había revistas de historietas.

Él mismo lo cuenta y se ríe. Y en esa imagen está Toti entero: el pibe de barrio que entiende, por puro instinto, que medio mundo es apariencia y actuación. Que sabe construirse un personaje, sostenerlo con cara de piedra ante cualquiera y reírse por dentro de su propia farsa. No engañaba a nadie para hacer daño; se divertía. Convertía un viaje largo y solitario en una función de teatro en la que él era, al mismo tiempo, el único actor y el único espectador.

«Me compré un maletín como para figurar de diplomático… y adentro tenía revistas de historietas.»

Viajó así, con su maletín de mentira y sus historietas adentro, de escala en escala, hasta que el avión por fin bajó sobre Singapur: un puerto del otro extremo del mundo que —como él lo recordaría toda la vida— olía a cuento y a caracola.

Lo que lo esperaba en ese muelle no tenía nada de gracioso. Pero el barco calamitoso de Singapur es la historia que viene.

← Volver al índice de historias