Origen
Historia 04 · Origen · Buenos Aires

El diploma que no fue a buscar

Aquel año, la Cruz Roja cumplía un aniversario y lo festejó con un acto en un cine cercano. Los alumnos fueron todos de uniforme, impecables, y en algún momento de la ceremonia llamaron a Toti: le entregaban un diploma por su capacidad y su dedicación al estudio. El mismo muchacho que se había anotado para hacer broma subía ahora a recibir una distinción por tomarse las cosas en serio. Ese diploma existió, fue bien real, y colgó muchos años de una pared en Ballester.

La carrera era exigente. Tres años. Cinco horas de teoría por día, que terminaban cerca de las once de la noche. Noche por medio, además, práctica hospitalaria en el policlínico de San Martín, sobre la ruta 8: diez horas de corrido, de ocho de la noche a seis de la mañana. Y a la mañana siguiente, sin dormir o casi, Toti volvía a salir a la calle con los baldes. Estudiaba de noche, curaba de madrugada y vendía de día. Así, tres años enteros.

En el tercer año lo alcanzó el servicio militar. Cuando se presentó, le hicieron una pregunta que con el tiempo resultó afortunada: si sabía aplicar inyecciones intravenosas. Toti dijo que sí —y era verdad—. Lo destinaron a Campo de Mayo, al Batallón de Aviación de Ejército 601, y en lugar de marchar y hacer guardias hizo lo suyo: trabajó de enfermero. La Cruz Roja, con buen criterio, le computó ese tiempo como práctica hospitalaria.

Terminó la colimba. Le dieron la baja. Y se recibió de enfermero.

Y entonces hizo algo que lo retrata de cuerpo entero. Algo que cualquier otro no haría jamás.

No fue a buscar el diploma.

Lo dejó ahí, en el Ministerio de Salud Pública, como quien se olvida un paraguas. Tres años de teoría hasta la medianoche, de prácticas sin dormir, de vender baldes con un brazo que recién se reponía… y el papel que coronaba todo ese esfuerzo se quedó archivado en una oficina, sin dueño que lo reclamara. En esa sola frase hay más retrato que en una biografía entera.

«Me recibí de enfermero, pero no fui ni a buscar el diploma.»

Porque Toti no era un hombre de papeles. Era un hombre de movimiento. Lo suyo era lo que venía después, lo próximo, el negocio nuevo. Y lo próximo, durante unos cinco años, fue todo menos la enfermería: vendió ropa por las provincias, cargó matafuegos, vendió frazadas, anduvo de pueblo en pueblo con lo que hubiera para vender. La enfermería había quedado atrás, dormida, como un barco amarrado al que ya nadie mira.

Hasta que un día reapareció. Un viejo conocido le acercó el dato justo: con el título de enfermero podía embarcarse y ganar el doble. Y Toti, que para embarcarse necesitaba ese papel, tuvo que hacer el viaje más insólito de todos: volver al Ministerio de Salud Pública, años más tarde, a retirar el diploma que nunca había ido a buscar.

Lo retiró. Lo llevó a Prefectura. Sacó la libreta de embarque.

El papel olvidado, el que se había quedado juntando polvo en un cajón del Estado, fue —al final de cuentas— la llave que le abrió el mar.

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