Origen
Historia 03 · Origen · Villa Ballester

Vamos a anotarnos porque hay muchas mujeres

El accidente le dejó una herencia que tardó casi un año en irse: el brazo derecho prácticamente inútil. Adiós a las bolsas de setenta kilos, adiós a los cajones, adiós al trabajo de fuerza. Pero Toti tenía un oficio que no se le había roto con el codo, un oficio que llevaba puesto desde siempre: vender.

Así que volvió a la calle. Con otro muchacho, Guillermo, armó una recorrida vendiendo baldes de plástico, tachos de basura y combinados de productos para la casa. El sistema era el de la época: la gente se anotaba, pagaba en cuotas con una tarjeta, y después pasaba el cobrador. Toti caminaba el barrio con la mercadería a cuestas, tocando timbres, charlando, cerrando tratos. Estaba de nuevo en lo suyo.

Y el destino, que ya le había errado el camino una vez con un árbol, esta vez le acomodó la jugada con una sola coincidencia: vendían los baldes a media cuadra de la Cruz Roja.

Una tarde cualquiera, Toti levantó la vista de su mercadería y notó algo. Movimiento. Gente entrando y saliendo. Y, sobre todo —porque Toti tenía dieciocho años y los ojos despiertos—, muchísimas mujeres reunidas ahí cerca.

A un curioso de raza, eso no se le pasa por alto. Le dijo a Guillermo, que tenía un año más que él, que dejaran un momento los baldes y fueran a averiguar qué estaba pasando. Dejaron la mercadería en una casa de confianza y caminaron esa media cuadra que —sin que ellos lo supieran— le iba a cambiar la vida a uno de los dos.

Lo que pasaba era simple: la Cruz Roja estaba anotando gente para el curso de enfermería.

Toti no lo pensó como una vocación. Lo pensó, con total honestidad, como un buen plan para pasarla bien. Le dijo a Guillermo que se anotaran los dos. La idea era tener un lugar adonde ir todos los días, un sitio para hacer chistes, entretenerse, conocer gente. Lo resumió tal cual, sin maquillarlo.

«Vamos a anotarnos así venimos todos los días a hacer broma.»

Empezaron con esa intención y nada más. Pero pasó algo que Toti no tenía en los planes: el curso le gustó. Le gustó de verdad.

Las clases las daban médicos, ad honorem, gente que iba a enseñar por gusto. Y a Toti —el que había entrado para hacer la gracia— el tema empezó a atraparlo en serio. Dejó los chistes. Dejó las bromas. Es más: se daba vuelta a callar a Guillermo cuando lo distraía, porque quería escuchar al profesor. El mundo había girado: el que iba a divertirse ahora hacía silencio para aprender, y el que lo acompañaba seguía esperando una joda que ya no llegaba nunca.

Guillermo se lo reprochaba. Le decía que habían ido para una cosa y estaban haciendo otra. Tenía razón. A los tres meses, en la primera preselección, a Guillermo lo dejaron afuera: no estudiaba.

Toti se quedó. Había entrado por la puerta de la picardía y, casi sin darse cuenta, se había quedado adentro por amor al oficio.

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