Origen
Historia 02 · Origen · Buenos Aires

El accidente del colectivo y el árbol

Antes del accidente, Toti se ganaba la vida con el cuerpo. Trabajaba en un almacén mayorista, repartiendo mercadería para los almacenes del barrio, y lo que cargaba no era liviano: bolsas de azúcar de setenta kilos, cajones de cuarenta y cinco, bultos que había que subir y bajar a pura espalda. Las jornadas eran largas y partidas —de ocho a doce del mediodía, y otra vez de dos de la tarde a nueve de la noche—. Era joven, era fuerte, y el trabajo todavía no le pasaba factura.

Tenía dieciocho años cuando, una noche, fue con su amigo al Italpark, el parque de diversiones que en esos años era el centro del mundo para cualquier pibe de Buenos Aires. Las vueltas, las luces, el ruido, las chicas. Volvieron tarde, de madrugada, cerca de las tres y media o las cuatro, con esa felicidad cansada de los que estiraron la noche hasta el final.

El colectivo que los llevaba de vuelta venía repleto. Tan lleno que Toti no entró: viajó como viajaban tantos entonces, colgado del estribo, con medio cuerpo afuera, agarrado del pasamanos y el viento de la madrugada en la cara.

En el recorrido había un árbol. Un árbol viejo, inclinado hacia la calle, de esos que el tiempo dobló y nadie se ocupó nunca de podar. El colectivo pasó demasiado cerca. Y Toti, colgado justo de ese lado, no tuvo a dónde ir.

Quedó apretado entre el árbol y el colectivo.

Lo cuenta él mismo con esas mismas pocas palabras, sin dramatismo, como quien describe un trámite. El golpe le destrozó el codo derecho. Fractura expuesta: el hueso afuera, a la intemperie, en plena madrugada.

«Quedé apretado entre el árbol y el colectivo.»

Lo llevaron primero a la Cruz Roja, donde le hicieron una cura de urgencia. Pero fue una cura apurada, incompleta: dentro de la herida quedaron restos de corteza del árbol y vaya a saber qué más, y los huesos seguían expuestos. Al día siguiente tuvo que presentarse en un hospital de verdad.

Lo internaron en el Hospital Castex. Lo operaron, y después pasó una semana entera entre esas paredes. Una semana es mucho tiempo para un muchacho de dieciocho años acostumbrado a no parar nunca. Y Toti, que no sabía estar quieto, hizo lo único que sí sabía hacer: mirar. Observar. Y lo que vio, desde la cama, fue el hospital entero funcionando a su alrededor. Los enfermeros yendo y viniendo. Las guardias. El ritmo callado de la gente que se ocupa de cuidar a otra gente.

Y ahí, en esa cama, con el brazo arruinado y la noche del Italpark ya lejos, se le volvió a encender una idea que él creía apagada para siempre. La enfermería.

El destino, que tiene mal gusto para elegir los métodos, le había vuelto a poner el tema delante. Esta vez no se lo trajo un comerciante elegante en la casa de un amigo. Se lo trajo un árbol torcido, un colectivo repleto y un hueso roto.

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