
Antes que el mar, antes que los barcos y los puertos imposibles, hubo un pibe de Villa Ballester al que lo desvelaba una sola cosa: comprar y vender. No era avaricia. Era otra cosa, más parecida al juego. A Toti le gustaba el trato, la charla que termina en negocio, el pulso de calcular cuánto vale algo y cuánto puede llegar a valer. Compraba y vendía lo que fuera. Era su manera de mirar el mundo.
En esa época se juntaba con un amigo en la casa de un primo de ese amigo. Caía gente del barrio —muchachos, chicas, la rueda de siempre— y entre toda esa gente aparecía, cada tanto, un señor distinto. Un hombre que traía mercadería de Europa y se la vendía a los vecinos: cosas importadas, finas, de esas que en el barrio no se conseguían. Era tío de alguien de la casa, y para Toti era poco menos que una aparición.
Porque Toti, fiel a lo suyo, no se quedó mirando. Preguntó. Quiso saber de dónde sacaba ese tipo todas esas cosas.
—Está embarcado —le dijeron—. Navega.
—¿Y qué hace en el barco?
—Es enfermero.
Y ahí, en esa respuesta corta, se le encendió algo. A Toti no se le ocurrió «qué linda profesión» ni «qué vida de aventura». Se le ocurrió un plan entero, redondo, de una sola pieza: estudiaba enfermería, se embarcaba, viajaba por el mundo y de paso traía mercadería de afuera para vender. Todo junto. La idea le cerraba por los cuatro costados.
«Voy a estudiar enfermería, me embarco y listo. Entonces traigo cosas de afuera.»
Con esa convicción fue a hablar con el propio enfermero embarcado, seguro de que el hombre le iba a abrir la puerta. Pero el tipo, lejos de entusiasmarlo, le bajó la persiana. Le dijo que la enfermería en los barcos estaba con los días contados, que la iban a sacar porque no rendía, que en uno o dos años eso se terminaba. Que no perdiera el tiempo.
Toti lo escuchó. Y, con esa rapidez suya para leer a la gente, sacó su propia conclusión: el hombre estaba por jubilarse y no le convenía que entraran enfermeros nuevos. Más competencia, menos trabajo, su puesto en riesgo. Quizás era egoísta; quizás era solo un viejo cansado. Toti no se lo tragó del todo… pero, por esta vez, le hizo caso. Guardó la idea en un cajón y siguió con su vida.
Lo que él todavía no sabía —lo que ninguno de los dos sabía esa tarde— es que la enfermería no se iba a terminar en uno ni en dos años. Iba a esperarlo. Iba a esperarlo agazapada, con paciencia de mar, para volver a buscarlo cuando menos lo pensara y por la puerta más inesperada de todas.
Pero esa es la próxima historia.